A propósito de Tragedia en Araira
“Escondido casi en un estrecho valle con árboles adultos y siempre verdes, el pueblecito de Araira extiende sus hogares a la margen del río que parece estimular mansamente los empeños del agricultor. Establecida en un suelo fértil como pocos y en medio de una vegetación libre de cactus, sabanetas y cujíes características de las tierras pobres, la capital del Municipio Bolívar en el Distrito Zamora, es, sin disputa, un risueño afiche turístico dentro de la compleja geografía mirandina”
Luis Aberto Paúl, 1951
En 1936, en el mes de septiembre, el caserío Araira, de acuerdo con las disposiciones de la Asamblea Legislativa del Estado Miranda, fue elevado a la condición de Municipio, tomando el nombre de Bolívar e instalándose la Junta Comunal ese mismo mes y año, presidida por el comerciante y educador don Gregorio Oses quien también llegó a estar al frente del Concejo Municipal zamorano. Para poder alcanzar ese sitial, el de Municipio, en Araira trabajaron, dentro del llamado Centro Patriótico, destacados y preocupados ciudadanos como Antonio Ramón Delión, Rafael Jacinto Díaz, Humberto Oses, Gastón Biord, José León Castro, Rafael Antonio Piñango y Abel González.
Rutina pueblerina
Ese mismo año, 1936, la poetisa Amelia Pittol publica en el semanario 3 de Mayo, de Guatire, dirigido por el también poeta Juan María Pereira, su composición Visiones Campestres, donde nos dice nace la aurora y diáfana colorea con sus tintes variados el paisaje, despierta la campiña y el follaje y se animan los contornos de la aldea.
En 1942, el 4 de julio, Araira recibe el primer número del quincenario Ecos de Araira, vocero que se hace realidad gracias a las inquietudes de Emiliano León Castro, Luis Arístides González, Roque J. Possamai y José León Castro. En sus páginas, como noticia de primera, se informa el arribo a la villa del Excelentísimo Arzobispo de Caracas, doctor Lucas Guillermo Castillo Lara, quien tenía como misión impartir la bendición del templo y la imagen de la Virgen de Carmen.
Se rompe la tranquilidad
El 8 de abril de 1947, cuando las riendas del país se encontraban en las manos de Rómulo Betancourt, Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, el telegrafista, desde sus oficinas en Araira, transmite una trágica noticia. Venezuela se enteraba que en las montañas de Las Pavas, en el sitio conocido por los campesinos como Alto de las Cruces, en las cabeceras de la hacienda El Limón, un avión Douglas DC-3 se había precipitado a tierra, muriendo veintisiete personas entre estudiantes y profesores del Liceo Luis Razetti y tripulantes de la aeronave. Los restos calcinados del avión y de todos los que allí se desplazaban desde Cumaná hasta Caracas, después de haber participado en unos juegos deportivos en aquella ciudad, fueron localizados por Guido Possamai, Félix Muñoz y los hermanos Acevedo, quienes inmediatamente avisaron a las autoridades de Araira y Guatire. Las pocas emisoras de radio de la época, así como los periódicos caraqueños, señalaban que no había sobrevivientes, contándose entre los muertos Enrique Santa Cruz (piloto), Rodolfo Hernández (copiloto), José Manuel Rodríguez García (radiotelegrafista) y los viajeros Mireya Vanegas, Carlos J. Ontiveros, Sofía Urdaneta, Pedro J. Avilán, Astelino Grillo, Felipe Dáger, Gustavo Martínez, Gonzalo Peraza, Gladys Vanegas, Alberto Bustos, Mireya Rincón, Pedro M. Páez, Jorge Correa, José Manuel Correa, Antonio Salazar, Pedro Heredia, Soledad Carrillo, Nubile Portillo, Juan A. Rincón, Gonzalo Veloz, Tony Parra, Lino Fernández, M. A. Rodríguez y Leonel Palazzi.
Movilización gubernamental y periodística
Hasta la pequeña población de Araira, para esa época rodeada de una exuberante vegetación y bañada por las aguas cristalinas del río que cruza su angosta geografía, se hicieron presentes Luis Beltrán Prieto Figueroa (Ministro de Educación), Antonio Martín Araujo (Ministro de Comunicaciones) y los diputados de la Asamblea Nacional Constituyente Manuel Martínez Manuel, Mercedes Fermín y Luis Troconis Guerrero. Al lugar del siniestro, a lomo de mulas, llegó para el levantamiento de los cadáveres calcinados, una comisión formada por el médico Gilberto Useche Mendoza, los jefes Civiles de Guatire y Araira y el juez Benito Barrios. Las familias de Araira miraban con asombro la gigantesca movilización de personas, autos, motos y ambulancias que se desplazaban por las tranquilas calles del pueblo, en la búsqueda de información acerca del avión que se había estrellado en Las Pavas.