En algún momento de nuestra vida, la curiosidad nos ha asaltado y nos hemos preguntado: ¿cuál será el origen de mi apellido? Si bien es cierto que la mayoría de nuestros patronímicos son de origen europeo y específicamente españoles, nos sorprenderíamos al observar que a través de un simple nombre, heredado de nuestros padres, podemos formar parte de una pieza fundamental para la reconstrucción de un hecho histórico de nuestro lugar de origen.
Nuestro nombre propio deja de ser algo ajeno al contexto en el que habitamos y pasamos a ser parte de la historia, convirtiéndonos en páginas vivientes de un libro que ofrece pistas sobre los hitos que marcaron un lugar. Por ejemplo, Guatire, es uno de los pocos pueblos venezolanos que no posee "plaza Bolívar". La historia es digna de ser contada con detalles, pero por ahora diremos que tenemos estatua del Libertador, gracias al esfuerzo y el valor de los guatireños de la época y en especial de las familias que donaron el dinero para realizar la obra.
Por medio de un apellido, logramos determinar la composición sociológica de un lugar, los tipos de patrones matrimoniales que se han establecido por años, el tipo de movimiento migratorio de la zona, entre muchas otras investigaciones. Es cuando caemos en cuenta que un nombre no es cualquier “cosa”. Es la primera pieza fundamental de nuestra identidad.
El nombre es un producto humano que demuestra un hecho cultural, que implica un idioma y ese lenguaje pertenece a un conjunto de individuos que poseen valores, tradiciones y costumbres, que marcan diferencias, es decir, que desde que nacen y reciben un nombre, adquieren un apelativo con muchas funciones. Primero: nos identifica del resto del mundo y nos individualiza. Segundo: nos da una personalidad. Tercero: nos da una aceptación en el grupo al que pertenecemos.
Si analizamos nuestro patronímico, descubriremos el origen de nuestros ancestros. Si tenemos un apellido raro o poco común, será mucho más fácil el trabajo de descubrir nuestro pasado. Sin embargo, tener un apellido común no es tan insignificante, ni tan poco glamoroso, como para sentirnos inferiores, todo lo contrario, es posible que nuestro apellido sea muy típico en la zona o muy generalizado en el estado que habitamos, lo que demuestra que posiblemente nuestros ancestros formaron parte de la fundación del pueblo.
Es así como los integrantes de las familias: Toro, Muñoz, Delgado, León, Berroterán, tienen mucho que decir de la historia guatireña. Por citar un ejemplo, Las familias Toro de Guatire están emparentadas con el Marqués del Toro, tío político del Libertador y último Marqués venezolano. Y que decir de los Daló de la población de Araira y los Milano y Bello de Guarenas, entre muchos otros más que por espacio no podemos nombrar, pero que forman la esencia de nuestros pueblos. Son apellidos típicos en un gran porcentaje en estos dos municipios. Podemos decir que son propios de la región.
La próxima vez que piense en su apellido, pregúntese por sus ancestros, le sorprenderá la historia que encontrará. Usted dejará de ser un ser anónimo y descubrirá cómo su familia formó parte de la historia y usted es el descendiente directo y prueba viviente de todos esos acontecimientos. Por ese motivo con mucho orgullo al hablar de nuestros orígenes podemos decir: soy lugareño.