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Almidoncitos
Una familia almidona el paladar de Venezuela
Marlon Zambrano
 
Datos.-

     Alrededor de 25 bandejas, cada una con 132 cilindros arenosos de olor exquisito y textura sorprendente, se introducen diariamente en un inmenso horno industrial aislado en el traspatio de la quinta Clarita, en el bulevar de Guatire, para luego ser retirados con cuidado y empaquetados aún tibios, listos para el despacho que recorrerá gran parte de los estados centrales del país donde un producto de la extensa dulcería criolla, los famosos almidoncitos, son probados por cualquier hijo de vecina con divertido cuidado porque, si no se desmoronan tras el primer mordisco, se empelotan y adhieren con obstinación en el paladar del comensal, más bien dispuesto a dejarse llevar por el regusto del sabor.

     Clara Pacheco Rico, una simpática mujer de sonrisa amable y hablar pausado, es la artífice de esta empresa familiar que desde hace 25 años satisface las ansias de quienes recuerdan con memoria culinaria uno de los dulces más apreciados de la cocina venezolana.  Sin embargo, advierte doña Clara, hoy son muchos los que sustituyen el almidón, componente fundamental del dulce, por harina de trigo, para abaratar los costos "engañando" a quienes confiados buscan esa adherencia medio molesta y celestial que produce el verdadero almidoncito. Ella, obviamente, respeta al pie la receta.

     "ESTOS DULCES GRADUARON A MIS HIJOS"

     Integrante activa del movimiento de artesanos guatireños (Artegua), que motorizan las siempre inagotables Rosa Córdoba y Francisca Madriz, Clara Rico proviene de una estirpe esencial sobre todo en lo que a música se refiere. Su apellido lo dice todo: es nieta del músico Régulo Rico a quien en esta edición de Tere Tere se le rinde homenaje junto a otros insignes baluartes del pentagrama. Nos explica que su empresa "Dulces criollos doña Clara" surgió de la insistencia de muchos vecinos que probaban y aprobaban su mano para la cocina, versada desde mucho antes en los menesteres del dulcito para los amigos, la torta para la prima, el merengue para el bautizo de un sobrino, los ponquecitos para los hijos. Sin embargo, la clave del almidoncito la tomó de unos parientes de El Sombrero, lejos de lo que se puede creer, pues al parecer en Guarenas y Guatire la tradición se fue perdiendo con el tiempo, a pesar de que en el año 1904, los almidoncitos guatireños ganaron medalla de oro en la Feria Internacional de San Luis, EE.UU., superando a todos los demás productos expuestos en dicho encuentro mundial, donde debutaba, por cierto, la hamburguesa.

     Hoy en día, ella, su esposo Antonio José Manrique Urbina, su cuñado, una hija y hasta el futuro esposo de esta, meten la mano en el negocio, aunque en años anteriores, en mejores épocas, logró emplear a más personas.

     Con su modesta empresa, que llevó a su esposo a abandonar un oficio anterior y a algunos de sus hijos a matar sus tigres bajo el resguardo del hogar, pudo levantar a su familia y permitirle estabilidad, y aunque actualmente los muchachos son unos profesionales con sus caminos andados, no dejan de echarle una mano a mamá.

     Aunque la especialidad de la casa son los almidoncitos, que distribuidores provenientes de varios puntos de la geografía nacional vienen a comprarle a la propia puerta de su casa, Clara también produce besos, suspiros, conserva de coco, coquitos, alfajores, pan de horno, galletas de distintos sabores y hasta conserva de cidra, esta última en contadas ocasiones porque como ella misma refiere, ya no se encuentra la materia prima.

     Los almidoncitos de Guatire se desplazan por occidente como hasta Maracay, y hacia el oriente van a parar a Puerto La Cruz; por toda esa vía, incluyendo muchos de los establecimientos públicos y puestos callejeros de Caracas, se puede probar la receta de doña Clara. Pero no es lo más lejos a donde han llegado pues muchos coterráneos escapados a tierras foráneas son habitúes del cilindro dulce y pegajoso que también allá encuentra partidarios.

     Medio jubilada ya de las labores de "adentro", doña Clara confiesa que la salud la traiciona hoy en día por lo que más bien se encarga de las cuentas y de los pedidos y claro está, de un férreo control de calidad que ya quisieran las más encumbradas empresas trasnacionales. Asegura que muchas veces le toca pelear con furia por un detalle nimio, como una cocción algo excesiva, una mezcla medio pasada, un color disonante, un tamaño irregular. "Este es un dulce muy delicado, se rompe muy fácil: recién hecho está tan duro que la gente cree que es viejo, pero al rato ya se desbarata" explica Clara para ilustrar la importancia que tiene verificar con exactitud la calidad del producto, además del respeto que le merece el consumidor.

     Adicionalmente, las manos ingeniosas de la señora Clara producen hermosos trabajos de repujado en metal y aluminio, mosaico, vitral y cerámica, de extraordinaria calidad artística, casi siempre junto a su esposo, por lo visto, compañero irreductible.

     NO ES SECRETO, ES PRÁCTICA

     Los ingredientes de la receta no son sorprendentes ni misteriosos. Se trata de almidón de yuca, papelón, huevos, mantequilla, y especias dulces. Su producción se basa en la preparación de una masa "sequita", que es clave. La masa debe golpearse permanentemente hasta que se compacte. Esta parte es vital pues implica la consistencia final del almidoncito y su textura. Explica Clara que una vez, intentando sistematizar la producción, adquirieron una máquina de hacer churros que finalmente perdieron, pues la masa no pasa por los conductos.

     La masa, ya consistente, no se puede dejar más de 15 minutos o media hora pues se seca demasiado y si le agregas más melaza, se vuelve una galleta después de horneada.

     Lista la preparación, se acomoda en churros alargados que se cortan por medida con un hilo de nylon, todo a mano, y se introducen sobre una bandeja en el horno donde permanecerán hasta que se cocinen, dependiendo siempre del nivel de calor que haya en las estufas. Listos, se sacan y se colocan a temperatura ambiente frente a un ventilador, para que pierdan la calentera y concentren su sabor.

     HOMENAJE

     Brevemente, quien suscribe quiere hacer mención aparte del aporte silencioso y quizás aún desconocido, hecho por el hijo de doña Clara, José Manrique, quien el destino nos arrebató de forma sorpresiva. José es autor de uno de los trabajos de investigación más completos y menos analizados por los curiosos de nuestras manifestaciones culturales, titulado "Campaña Regional de Difusión Para la Parranda de San Pedro de Guatire", que le valió su licenciatura como Comunicador Social de la UCV en 1994. En tiempos en que algunos hablan de la investigación documental como un conjunto de normas ortodoxas que solo deben ser abordadas por un coto cerrado de virtuosos, José nos enseñó (y a mí personalmente) que con avidez visionaria, sentido de la oportunidad frente a los cambios epocales y un poco de humildad, se pueden intuir las conmociones, muy comunes en las expresiones del arte. Hago votos porque su obra reciba un reconocimiento póstumo.

 
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