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Las Reliquias
Ángel María Daló
 
Artículo.-

     Según el derecho canónico hay reliquias insignes y reliquias menores, y su culto se remonta a los primeros tiempos del Cristianismo, y consiste  en todas aquellas cosas que pertenecieron a los santos: un cuerpo, una cabeza, una pierna, un hueso, un mechón de pelos, una astilla de un mueble que le pertenecía, un pedazo de tela de la vestidura, etc., a las que los cristianos le rinden culto.

     MÁS QUE UN COLLAR DE HALLACAS

     Pero a las reliquias a las que no vamos a referir son aquellas que mucha gente usaba cono amuleto, en algunas regiones del país, especialmente en la parte que constituye hoy el Estado Miranda. El tamaño y forma de dicha reliquia era, generalmente, el de una pequeña almohadilla de tres por cuatro centímetros, cuyo contenido iba envuelto en varias capas de tela negra con una última de tafilete negro o rojo, que le servía de forro. También se usaban frascos pequeños forrados y colmillos de caimán, a éstos se les extraía la materia esponjosa que contienen, no se forraban sino se les tapaba la abertura con un casquillo de plata con dispositivo para ensartarlos en el cordón. Esto último era trabajo de platero. El contenido de esas reliquias era muy variado: palma bendita, palo de cruz (rosa de montaña), piedra de ara, cera virgen. azogue, agua bendita y todas aquellas cosas a las que se atribuían virtudes sobrenaturales; todo lo cual se combinaba con oraciones de San Pablo, San Marcos de León, San Cipriano, la Magnifica, etc. Los poseedores de esa reliquias adquirían fama de invencibles y de que no les pegaba el plomo, de allí que muchas personas de reconocido valor personal, pero supersticiosos, evitaban enfrentamientos con ellos por temor de ser vencidos con ventaja sobrenatural. Los que no creían en tales reliquias, se burlaban de los que las llevaban y las llamaban collar de hallacas. El cordón donde iban prendidas eran de hilo negro, a veces le agregaban algunas hebras rojas.

     LA SUERTE, GOYO Y ALEJANDRO

     Como ejemplo de la fe que mucha gente tenía a las reliquias de marras, van los siguientes hechos: A principios del siglo pasado era comisario de policía de Kempis, jurisdicción de Guatire, un individuo llamado Gregorio Arocha, mejor conocido por Goyo, un híbrido, fiel cumplidor de su deber, además de ejercer la policía del lugar, le concernía también, en casos de emergencia (traslado de un enfermo al pueblo o de un cadáver al cementerio), solicitar cooperación a los vecinos, lo que generalmente se hacía con toques de guarura o de cacho. En el lugar había un mozo de nombre Alejandro Vázquez, buen cantador y tocador de maracas; era un indio, vestigio quizás de los quiriquires, primitivos habitantes de Oruza y Morocopo; Alejandro tenía una novia de quien estaba enamorado el comisario, quien a veces se detenía en su caballo a la puerta del rancho y la muchacha, respetuosamente, lo obsequiaba con un pichagüe de café. Un sábado en la noche hubo un joropo en uno de los ranchos del lugar, cantaba y sacudía los capachos Alejandro, sentados en fila estaban varias mujeres, entre las cuales se encontraba la mujer de Alejandro, pues ya se había unido con ella sin civil y sin iglesia. De repente se presenta el comisario y ante el asombro de los presentes agarra a la mujer de Alejandro por un brazo y se la lleva. Pasan unos días, una tarde se va Alejandro al rancho donde el comisario tenía a su mujer, ya en la puerta, “no entre  le dice la mujer-, a Goyo se le olvidaron las reliquias y puede regresar ahorita”. ¿Las reliquias? Dámelas acá  le dice Alejandro- rápidamente se las terció y salió corriendo hacia la pulpería, donde encontró a Goyo a quien insultó y desafió airadamente. Calma, muchacho le decía Goyo- al tiempo que se dirigía hacia el corredor, ya aquí Alejandro lo atacó furiosamente. Goyo, como buen pandillero que era (diestro en el manejo del garrote) paraba los golpes en reculada, pero un revés de Alejandro le fracturó la clavícula derecha privándole la acción del brazo, al tratar de pasar el garrote a la mano izquierda, recibió un garrotazo en el cráneo que lo derribó. Intervinieron los circundantes y cumpliendo un precepto legal, procedieron a prestar mano fuerte al segundo comisario, deteniendo a Alejandro.

     Tiempo después, cuando alguien le preguntaba a Goyo si él creía que la falta de las reliquias fue la causa de su derrota, contestaba: “Claro mi amigo”. Cuando le preguntaron a Alejandro si él creía que las reliquias le habían ayudado a vencer a Goyo, contestaba: “Seguro, sin las reliquias yo no le hubiera tirado la parada a ese hombre”.

     LA MUERTE DE SOLEDAD AÑANGUREN

     Entre Guatire y Araira vivió un individuo llamado Soledad Añanguren, entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, quien no sólo rendía culto a las reliquias, que le placía exhibir, sino que también tenía muchas mañas muy ajenas a lo sobrenatural. En Cupo vivía un ciudadano de nombre José Girardi, mejor conocido como Pepe, de baja estatura, blanco pálido, bigotes caídos, muy parecido a Walesa, el líder del sindicato polaco Solidaridad; padre de familia, trabajador y servicial, pero muy susceptible ante cualquier ofensa; en tales casos sus reacciones eran violentas.

     Una vez se encontraba junto con su hermano Bartolo, quien era tuerto, y otras personas más, sentados alrededor de una mesa en el establecimiento de pulpería, tienda, posada y ranchería del italiano Angel Reveana, situado en la “Boca de Ceniza”; en otra mesa, también acompañado, estaba Soledad Añanguren. Pepe observó que éste le hacía mofa a su hermano con mímicas alusivas al defecto físico de que adolecía, se levantó y lo insultó, los presentes se miraron las caras y nada más pasó. Días después fue advertido Pepe por algunas personas de que Soledad Añanguren decía que se iba a vengar del insulto, y que se cuidara porque decían que ese hombre tenía pacto con el diablo. Ante esos decires, Pepe se dirigió al comisario general de Araira, que era entonces Teodoro León, y le refirió lo que pasaba, y que estaba dispuesto a matar a Soledad Añanguren si este le provocaba. “Mira Pepe, -le dijo Teodoro-, yo se que usted no le tiene asco a los hombres porque los ha probado en muchos lances. Ese sujeto tiene fama de que no le pega el plomo y parece que lo ha probado. Sería triste que en un enfrentamiento con él resultase usted abatido con ayuda de las \'marramucias\' de que él se vale. Yo le aconsejo que evite el encuentro con él, eso no es cobardía, eso es prudencia”.

     EN UN JOROPO MAZAMORRERO

     Este tuvo lugar en una vivienda del vecindario nombrado San Pablo, de Araira, Soledad Añanguren, prevalido de su fama de guapo e invencible, se zampó en el baile sin ser invitado tratando de sacar pareja, ante el rechazo y grito de las mujeres, acudieron los hombres, pararon el baile y sometieron al abusador. El comisario del lugar, después de desarmarlo, con un mecate le aplicó un amarre “pecho e\' paloma” y lo remitió a la gobernación con el segundo comisario y otro más. En el camino, con magia se sacó las amarras y mató de una puñalada a Ramón Pérez, que así se llamaba el segundo comisario y escapó. El muy pícaro llevaba más de un arma en distintas partes de la ropa. Habiéndose desaparecido de esta jurisdicción, vino luego la consiguiente requisitoria judicial, meses después apareció por los lados de Caucagua, allí el jefe de la policía, apodado el “Chingo”, advertido de las mañas y peligrosidad del delincuente, salió a la cabeza de una comisión al lugar donde decían se encontraba, pero antes se preparó contra cualquier embestida sobrenatural que Añanguren pudiera oponerle: sacó dos cápsulas al winchester (arma de fuego usada en la época), le hizo dos cortes en cruz en la punta a cada bala, y rellenó las ranuras con cera virgen. Las cápsulas compuestas fueron colocadas en la parte de adelante de la recámara del fusil. Encontraron al delincuente, quien se tiró al río zambulléndose en un remanso cubierto de “carameras”, pasaron algunos minutos y como no lo vieron asomar por ninguna parte, los hombres, asustados, empezaron a dar muestras de vacilación, menos el “Chingo” (que por algo era el Jefe) que avanzó resueltamente hasta bien a la orilla, pudiendo ver a través del agua turbia el cuerpo del delincuente, lo encañonó hacia la cabeza, disparó y a poco empezó a flotar, estaba muerto. La bala le penetró por la garganta y le salió por el cerebro. Con un bututo de carrizo colocado en la boca, disimulado en la “caramera”, mantenía la respiración.

     COROLARIO

     Goyo, el comisario de Kempis, tenía una fe ciega en las reliquias.

     Alejandro, el maraquero, quizás indiferente, con su actitud demostró que también le tenía fe.

     Soledad Añanguren, si tenía mañas, las combinaba  con la fe en ellas.

     Pepe Girardi, al seguir el consejo de Teodoro León, demostró que no le tenía miedo a los hombres, pero creía en la eficacia de las reliquias.

     Tedoro León, valeroso como era, al aconsejar a Pepe Girardi que evitara encontrarse con Soledad Añanguren, reveló que también creía en las reliquias.

     La “Fe” es la primera de las virtudes teologales. Los más grandes hechos de la historia se deben a la fe.
Todo lo relativo al comisario Goyo fue narrado ante varias personas, una tarde, en el corredor del negocio del señor Angel Raveana, por el general Pancho Vergara; negro, alto, vestía siempre de blanco, camisa de corte semejante al de garrasi, sombrero de cogollo con alas volteadas hacia arriba, debajo del cual pañuelo blanco atado a la nuca. Usaba asta larga y lanza al cinto. Vivía por los lados de Cupo, la gente lo saludaba con respeto, prodigándole el trato de general, era buen narrador, ignoro si sabía leer y de donde era nativo. Por sus relatos se colige que era crespista.

 
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