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La Mujer de la Piscina
Colora, cargada de encanto y perseverancia
Mariana Ereipa
 
Artículo.-

     Se halla riéndose y sus grandes ojos se ven como dos rayas enmarcadas por el arco en punta de sus cejas negras. La época de felicidad no abandona su vida y el mundo todavía está pleno de seguridad para ella. Verla de cerca es sumergirse en un lago de nostalgia, es trasmigrar al mundo de la niñez, es recordar los inesperados recursos de la felicidad, es correr al inicio del trayecto de nuestra historia.

     Para todos aquellos que disfrutaron, disfrutan y disfrutarán de "Colora", ella siempre es la niña y la joven que fue, la mujer que es y la anciana que será, toda sumergida en el agua del mismo impetuoso manantial.

     En el silencio se atropellan sus recuerdos, como si todo le hubiese sucedido en un solo instante, como si su vida entera fuera una sola imagen inteligible.

     Indagar en su memoria es pegar los trozos rotos de su pasado o encarnar sus recuerdos a la medida de sus fantasías, es encontrar un tesoro de anécdotas con la sensación de ir desenredando un ovillo de lana.

     Esta mujer impetuosa y de corazón sentimental es Ana Lucía Pinto, nombre real que por falta de costumbre en ocasiones ha de olvidar, pues su "nombre artístico" como menciona, es "Colora", el cual además debe a su bisabuela quién al momento del parto y al percatarse de un doble nacimiento, las bautiza a ella y a su hermana para siempre: "una es negra y la otra es colorá".

     Su feliz y doble nacimiento fue el 13 de diciembre de 1935 en la calle Zamora de Guatire, sector donde aún habita.

     Sus padres don Justo Pinto y doña Lucía León, muy felices del nacimiento de sus morochas Ana Lucia "Colora", y Edma Lucia "La Negra", no imaginaron que habían traído al mundo a una niña que pronto se convertiría en mucho más que un ser especial.

     Su infancia transcurrió junto con sus seis hermanos en este valle guatireño. Sus estudios primarios los cursó en la escuela de escuelas: la U.E. Elías Calixto Pompa, siendo integrante de la primera promoción de egresados de tan insigne colegio.

    Años más tarde y con la convicción de convertirse en maestra, se residencia en Caracas bajo la tutela de su madrina. Es así como ingresa al colegio Católico Venezolano y posteriormente al colegio La Gran Colombia.

     Las secuelas de una enfermedad no le permiten culminar su carrera de “normal”, nombre que anteriormente recibía la carrera de educador. Pero su sueño de impartir clases no es perturbado en su totalidad pues oí regresar a Guatire funda una escuela en su propia casa. "Comencé a enseñarle las letras a un primo y luego me vi rodeada de niños... era muy feliz con mis muchachos".

     Con tan solo 22 años entra a formar parte del equipo de luchadores que han visto nacer, crecer y partir a hombres y mujeres en un parque, donde las risas eran el sonido más común

     Allí estuvo ella siempre dando lo mejor de sí, todos los que allí crecieron coinciden en decir que Colora como en íntima complicidad la llaman, es el alma eterna de la piscina como le dicen al parque.

     Treinta y tres años de labor en dos sitios, en el Centro Juan Pablo Sojo Instituto Nacional del Menor (INAM) ubicado en el sector de Bellard de Guatire, donde se inició como asistente de Trabajo Social paseándose por todos los cargos, entre ellos el de coordinadora general de las actividades de creatividad; y la honorable responsabilidad de encargarse durante siete años de la Dirección del Parque, lugar que aún no se recupera de su partida.

     Su vocación de servicio al prójimo la llevó a desempeñarse voluntariamente en el Jardín de Infancia INAM "Casa Cuna". "Mi apoyo incondicional en esos años en el jardín de infancia fue una gran amiga, Nelly Olivier. quien para ese entonces era la Directora".

     En el año 1992 el parque que hoy lleva su nombre, ve partir a Colora, y nunca volvería a ser el mismo. Ella partiría satisfecha, con el corazón de todos los que la estimamos, dejándonos de aprendizaje que utilizáramos nuestro tiempo en actividades que nos hicieran superarnos.

     "La piscina", llamado así el INAM cariñosamente, deja de tener ese sentido especial desde el día en que Ana Lucía Pinto tras luchar muchísimo en pro de su descanso, logró una jubilación que le negaban o demoraban bajo el pretexto de que “sería una pérdida incalculable para la institución”.

     Sus reconocimientos materiales son incontables, entre ellos la orden “Leonides Monasterios” en su Primera Clase, pero nuestro reconocimiento sentimental y nuestro agradecimiento es mayor aún.

     Sin duda este valor guatireño enaltece con su nombre y el de su familia el gentilicio de nuestro pueblo.

 
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