“Con la cotiza dale al terrón, vuélvelo polvo sin compasión”. El terrón es el patrón, que oprime al negro esclavo, mientras este lo pisa con la cotiza y en ese "tácata, tácata, tácata, ta" van siglos de tradición.
Cuenta la leyenda que a una negra esclava de nombre María Ignacia, se le enfermó su hija Rosa Ignacia, Al ver que esta no se curaba con hiervas, ni menjurjes, se paró frente a la imagen de San Pedro que reverenciaban sus amos y desesperada pidió que le curara a su hija. El milagro se hizo y María Ignacia no encontró otra manera de mostrar su agradecimiento que bailando.
El episodio se convirtió en la excusa para que los negros expresaran su inconformidad ante el régimen esclavista que los explotaba y humillaba.
El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, se convirtió en el momento preciso para que estos seres estos seres oprimidos divulgaran su indignación y junto con María Ignacia hacer una comparsa que primero fue de esa hacienda, no determinada aún y luego de la población esclava de los valles de Guatire, Pacairigua y Guarenas.
María Ignacia murió y su esposo en su ignorancia justificada, pensó que vistiéndose con ropas de mujer ocultaría su ausencia delante del Santo. Así de esta manera tomó su lugar, convirtiendo la comparsa en algo exclusivo de hombres que vestían con ropas viejas que sus amos les regalaban con desprecio y que ellos usaban de forma burlona. Complementaron su indumentaria con las cotizas (pedazo de cuero seco de ganado) que ataban a sus pies para golpear la tierra con mas fuerza a manera de percusión y “repulsión".
Con el transcurso del tiempo la vestimenta se uniformó en pantalón, paltó levita negra y sombrero pumpá, última moda usada por los amos para el momento de la liberación de los esclavos.
Esta liberación convirtió el ritual en expresión de las masas populares que en libertad, siguieron padeciendo la opresión de los "grandes cacaos" y de los gobernantes de turno, por lo que tomando el cuatro y las maracas, las potentes voces llenas de rabia siguieron elevando al santo sus plegarias en versos octosílabos que un coro repetía sin cesar.
Dos niños vestidos con los colores que representaban las dos corrientes políticas enfrentadas en la Guerra Federal tomaron partido, para unir la diversidad de opinión de quienes cumplían la promesa al santo en un siglo de guerras y revoluciones estériles, quedando para la posteridad como símbolo de no-dependencia ideológica, sino más bien como unidad en torno a un benefactor común.
En el siglo XX la parranda pasó a ser símbolo de la cultura local y particularmente en las últimas tres décadas, en motivo de estudio de curiosos turistas que observan los rostros pintados de hollín de caldero con manteca de cochino, muchas veces sin entender como el milagro de una negra esclava puede convertirse en el teatro de calle más popular de Guarenas y Guatire.
Finalmente: parranda del barrio 23 de Enero y parranda del Centro de Educación Artística “Andrés Eloy Blanco”, en Guatire; y parranda de San Pedro de Guarenas, todos dignos herederos de esta fiesta, sirvan para darle brillo en el tiempo y hacernos sentir orgullosos de nuestro gentilicio.