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Antonio Estévez
Así se ató Antonio Estévez a Guatire
Jesús María Sánchez
 
Artículo.-

     ... Cuentan que hacia las postrimerías del siglo XIX, salió de Guatire para Capaya, con el propósito de tocar en las fiestas patronales de este pueblo, pero como pasaron varios días y no llegaba a su destino, un grupo de vecinos intrigados por la desaparición del músico, salieron en busca suya por los vericuetos de la montaña. La pesquisa concluyó en un hallazgo triste. En un recodo de la selva encontraron los despojos del infortunado artista: unos jirones de ropa ensangrentada, y el violín con el que se ganaba la vida. Créese que murió devorado por un tigre, de los muchos que merodeaban en la siniestra espesura”.

     Lo que ustedes acaban de leer lo recogió, en el año 1951, el ensayista Luis Alberto Paúl, dado que eso se decía en relación con el músico Gregorio Ascanio aquí en Guatire; cuestión esta que echó por tierra el maestro Antonio Estévez, gloria de la música venezolana y americana, cuando le reveló a Vicente Emilio Sojo que, siendo él un niño, había recibido clases, en el año 1924, en su Calabozo natal, por pocos meses, de Gregorio Ascanio; la sorpresa quedó grabada en el rostro del maestro Sojo al oír lo que decía Antonio Estévez. Al mismo tiempo, el futuro fundador del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela, señalaba que Gregorio Ascanio había llegado a Calabozo, en su recorrido desde Guatire, cargado de un gran repertorio musical, misas y motetes de la Colonia; entre esos papeles, piezas de Lamas. Revelaba Antonio Estévez, lo que recoge Guido Acuña en un extenso trabajo sobre Vicente Emilio Sojo, que de esa riqueza relacionada con la música que Gregorio Ascanio trasladó en sus alforjas de viajero a los llanos de Guárico, a Calobozo, oyó él muchas de esas cosas en la iglesia de su ciudad natal, donde el violinista guatireño se desempeñó como maestro de Capilla. Por cierto, Gregorio Ascanio, en el año 1911, con motivo del primer Centenario de la Independencia de Venezuela, estrenó, con un coro de señoritas, el Himno del Estado Guárico, obra del destacado Compositor Salvador Llamozas, hijo de Cumaná.

     Las luces necesarias

     Gregorio Ascanio tocaba mandolina, guitarra y armonio, al lado de dirigir pequeñas y grandes agrupaciones musicales y, según Vicente Emilio Sojo, escribió buena música religiosa y profana. Con todo esto, quedó a un lado del camino de la historia cultural de Guatire que a Gregorio Ascanio se lo había comido un tigre en las montañas de Capaya. Con Gregorio Ascanio comienza Antonio Estévez a atarse a Santa Cruz del Valle de Pacairigua y Guatire. Al llegar Antonio Estévez a Caracas encontrará en otro hijo de Guatire, las luces necesarias para emprender su fructísimo camino, encontró a Vicente Emilio Sojo, quien siendo muy joven, aquí en su tierra natal, atrapó, a través de Régulo Rico, su maestro, lo que a éste le habían dejado Enrique Léon y Gregorio Ascanio. Enrique León había estudiado en Caracas y al trasladarse a Guatire para ejercer el cargo de Maestro de Capilla, se presentó con un mundo de conocimientos que sus maestros caraqueños, conocedores de lo que había significado el movimiento artístico en los días coloniales, donde otro hijo de estos valles otrora cubiertos por las espigas de la caña de azúcar y donde se alzaban torreones, trapiches y solariegas casonas, me refiero a Pedro Palacios y Sojo, mejor conocido en la historia de Venezuela como el Padre Sojo, tío abuelo de Simón Bolívar, había sistematizado, al lado de Juan Manuel Olivares, las enseñanzas musicales en la Caracas que sería escenario de procesos históricos como la Conspiración de Gual y España, el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811 y donde hombres del pentagrama, formados en lo que se conoce como el Oratorio de San Felipe Neri y la Escuela de Chacao, tendrán figuración de primera línea.

     Entre caudillos de montoneras

     Al lado de Vicente Emilio Sojo, Antonio Estévez transitará las amplias vías del saber recibiendo con otros estudiantes, magistrales enseñanzas de aquel hombre que nada tenía que ver con el Padre Sojo, dado que venían de cunas diferentes. El Maestro Sojo, venciendo las murallas de una Venezuela conducida por caudillos de montonera y minada por enfermedades y analfabetismo, se había elevado por encima de los obstáculos existentes en la época, para formar una de las más brillantes generaciones de músicos a la que pertenece Antonio Estévez. Antonio estará militando en dos de las grandes obras de Vicente Emilio Sojo, el Orfeón Lamas y la Orquesta Sinfónica Venezuela y, bajo la mirada de su guía y de Juan Bautista Plaza, se sumerge en el mágico mundo de manuscritos que los compositores coloniales habían trazado en los días cuando Venezuela no era más sino una olvidada Provincia situada más allá del mar océano. Todo esto debió llenar el alma de Antonio Estévez. Entre los años 1942 y 1943, al graduarse Antonio Estévez como ejecutante de Oboe, emprende, cuando nuestro país comenzaba a dar pasos firmes en el terreno de la democracia, la titánica empresa de fundar el Orfeón del Liceo Andrés Bello y el de la Universidad Central de Venezuela. Corrían los meses de 1943, cuando por sugerencia de Rafael Pisani, acepta el reto de fundar, en la añeja sede de la Universidad en las esquinas caraqueñas de Bolsa a San Francisco, una agrupación musical conocida como el Orfeón Universitario y así contribuir a seguir venciendo las sombras. De ese acontecimiento ya han transcurrido unos sesenta años. En la edificación de esta obra, reconocida dentro y fuera de Venezuela, Antonio Estévez, sin desprenderse de su clásica boina, la que identificó a los jóvenes estudiantes de 1928, contó con la valiosísima colaboración de sus amigos Antonio Lauro e Inocente Carreño.

     Arreglo de “Oligarcas, Temblad”

     En el histórico debut del Orfeón Universitario el 19 de mayo de 1944 en el Teatro Municipal, el público asistente oyó, entre otras composiciones, “Oligarcas, Temblad”, canción de la Guerra Federal, con soberbio arreglo de Antonio Estévez, magnífico trabajo donde el arreglista sigue unido a Guatire, dado que el autor de este himno de guerra será Domingo Castro, maestro de Capilla en la Iglesia Parroquial del Valle de Santa Cruz de Pacairigua y Guatire y combatiente a favor de la Revolución Federal, donde alcanzó el grado de General. Este músico y general federalista, Domingo Castro, así como su padre Francisco Castro, de dilatada trayectoria en Chacao, estaba emparentado con Luisa Sojo, madre de Vicente Emilio Sojo. Y para cerrar estas páginas, donde tratamos de explicar cómo Antonio Estévez, guía insustituible del Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela, se mantuvo espiritualmente enlazado con Guatire, debemos decirles que en 1943, cuando él funda la Institución que hoy es homenajeada por la comunidad guatireña a través del Centro de Educación Artística Andrés Eloy Blanco, con la condecoración “Francisco José Mujica Toro”, epónimo de quien fundara ese centro de luces y el Orfeón Régulo Rico, presenta su examen final de Composición y para ello escribe su “Suite Llanera”, impactando al maestro Sojo quien decide que sea interpretada por la Orquesta Sinfónica Venezuela, entregándole la batuta al propio Estévez, quien dirigió noble y sabiamente a sus compañeros de ruta.

     Vicente Emilio Sojo, hijo de esta Villa Heróica, espacio donde nació el 8 de diciembre de 1887, sabía que al entregarle la batuta a Antonio Estévez para que dirigiera la Sinfónica, ella brillaría con luz propia, y así fue.

     Discurso pronunciado por el autor en la Santa Iglesia Parroquial de Guatire, el 13/06/03, con motivo del homenaje al Orfeón Universitario, rendido por el CEA, al arribar dicho Orfeón a sus 60 años de actividad musical.

 
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