Entonces era Guatire un modesto villorrio de grata quietud. Limpios, muy limpios se conservaban sus espacios comunes para el disfrute de la gente; y aún cuando, después de franqueada la cadena de la alcabala circulaban vehículos automotores, de aquellos no se dependía en rigor ni los mismos constituían el aparatoso factor contaminante que ahora se padece.
Era una población sumamente sencilla que, dentro de sus precariedades, derrochaba coraje en la defensa de principios fundamentales de la cultura, al tiempo que demostraba su gentileza con la amable costumbre de reunirse por las tardes en los frontales caseros, para dar y recibir el saludo de los viandantes mientras comentaban el diario acontecer local, o acaso celebrando algo de lo escuchado en la radio, transmitido por alguna emisora capitalina que “osara” colar sus ondas hasta este valle... Aldea de la Santísima Cruz, paisajes elaborados en tapias, adobe y bahareque; cuajado de jazmineros y abundosos colgajos de floridas trinitarias sobre el ocre y encalado de los muros, envuelta en mañaneras fragancias de pandehorno y arepas en budare; con la noble peonada de morral, tapara y machete enrumbada hacia el tablón, el trapiche o el conuco y los artesanos prestos para la productiva faena, consolidadora del terruño como emporio de la caña de azúcar, el tabaco, el café, la alfarería, la alpargatería, la doméstica industria dulcera y el afamado “pan guatireño”.
Mas quedó lejano el amanecer cuando la sampedreña aldea, saturada de trinos pajareros y el penetrante agridulce de sus campos, cual madre alcahueta y querendona recibió en su cálido regazo a un niño poeta que, como rama juguetona de alegre bucare en flor, del cacaotal barloventeño se había desprendido para venir a plantarse a orillas del Pacairigua, y comenzar su canto infinito a la Churca, Jericó, Santocristo, Cantarrana y todo un paisaje vital; con versos de almendra y miel, de serenata y cotiza, de dolor y protesta, de “guatireño por la gracia de Dios”.
Allí, siempre niño y poeta lo vieron propios y extraños, y muchos con él compartieron vino y sueños. Allí fue símbolo lugareño. La palabra fácil. La mirada atenta. Desde su atalaya observó con tristeza no confesada, como los espacios otrora limpios se ocupaban abruptamente y era exceso la nocturnidad. Desde su observatorio palpó la creciente y agresiva contaminación que sin pausa le había sepultado su paisaje, le había robado sus aromas y apuraba sus ruidos para arrebatarle el canto... Tal vez comprendió que el desastre, que el desmoronamiento de su pueblo tan amado, pretendía convertirlo en adulto... Y el quería seguir siendo el niño poeta que siempre fue. Por eso decidió, al inicio del crepuscular del segundo día de enero, y cuando la montaña de El Norte se hizo sombra, lanzar su alma hecha musgo en la corriente del Río Grande, para ir a “dar a la mar que es el morir”...
Te recordamos hermano.