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Asaltada la Jefatura Civil
Muerto el jefe civil y el policía
Ángel Maria Daló
 
Artículo.-

     El 5 de mayo de 1929 a eso de las cuatro y media de la tarde, un grupo de hombres asaltó la Jefatura Civil de Guatire. Integraban el grupo Juan Francisco Pacheco, quien lo comandaba, Eugenio Muñoz, Félix Mijares (El Negro Félix), Néstor Silva, Gregorio Suárez, y otros. Durante el ataque y después de tomado el edificio de la Jefatura se sumaron a los atacantes algunos hombres que se encontraban en las inmediaciones, al darse cuenta de qué se trataba. Poco después llegó de Araira una partida capitaneada por Natividad Rojas en la que estaban los hijos de éste, Miguel y Simón González, los hermanos Fernández y Luis Mario Monroy.

     Luis R. Ostos, que así se llamaba el Jefe Civil, poco antes de la hora indicada había estado en Guarenas en una riña de gallos a lo que era aficionado, donde fue avisado por dos amigos que desde Guatire habían ido expresamente a ello, de los rumores que del ataque circulaban, contestándoles que eso eran patrañas para amedrentarlo y hacerle renunciar el puesto.

     Se encontraban en el despacho esperando a Ostos, dos choferes, Adrián Rodríguez y otro de apellido Peralta, quienes atendían   a una citación por motivo del atropello de una vaca. En el momento en que Ostos se disponía a oír las disposiciones de los choferes comenzó el asalto. En la puerta del edifico, en función de guardia, estaban el jefe de la policía, Uztàriz, y un agente, Uribe, dos zambos bregados, quienes valientemente intentaron repeler el ataque, cayendo heridos en sus puestos, gravemente el primero, quien murió en el camino cuando era conducido a Caracas. Al oír los primeros disparos de los insurgentes fue cuando Ostos se persuadió de que los temores de sus amigos no eran infundados. Seguidamente ordenó a los choferes que le pasaran fusiles (Máuser) del parque, el cual estaba en una pieza del ala derecha del edificio, mientras con el revolver disparaba por una de las ventanas a los atacantes. Desde la calle, del lado oeste de la casa, Asunción Zurita (Cachicamo) acompañado de Simón Berroteràn, lanzó un trueno de pescar atado a una piedra que cayó en el patio, donde estalló. Los choferes, asustados por el estruendo, corrieron hacia uno de los calabozos situados en el ala izquierda de la casa y allí permanecieron hasta que Gregorio Suárez, revólver en mano, abrió el calabozo y los puso en libertad creyéndolos presos, pues ellos ignorando el motivo del asalto juzgaron prudente para su seguridad manifestarse como tales. Ostos trató de escapar por la puerta del corralón que estaba al lado este del edificio, llamado “El Botalón”, al salir, ya herido, fue ultimado a machetazos, quedando su cadáver en el sitio que se denominó Bulevard Istùriz hasta la mañana del día siguiente.

     Unas mujeres piadosas, acompañadas de Juan Muñoz (Peludo), encendieron unas velas que colocaron al lado del cadáver, que al consumirse incendiaron la hojarasca, alcanzando el fuego parte de la ropa del occiso. El cadáver fue trasladado a Caracas el día siguiente. Entre los atacantes hubo algunos heridos, ninguno de gravedad; un muchacho que pasaba en esos momentos por la calle Girardot con una petaca de ropa en la cabeza, fue alcanzado por una bala que le causó una herida leve. Obdulio Gil y Simón Berroteràn tuvieron la misión de inutilizar los aparatos de la oficina del telégrafo, la cual estaba en la calle Miranda, a poca distancia de la Casa Municipal. Bartolomé Bustamante, el telegrafista, trató de oponerse, pero ante la actitud decidida de los atacantes optó por huir hacia la calle Sucre por el fondo de la casa. Andrés Pacheco Anderson (Pachequito) se encargó del vehículo de Ostos, y cuando se dirigía a Guarenas, topó con unos sujetos, funcionarios de las obras públicas, quienes lo apresaron y lo trataron con violencia y brutalidad que temió ser emasculado. Esto lo refirió Pachequito con su habitual jocosidad, en lenguaje criollo neto, que el lector criollo, si así lo prefiere, puede traducir del castizo.

     Un busto de Alí Gómez, hijo de Juan Vicente Gómez, erigido cerca del sitio que hoy ocupa la Coromoto, en la calle Bermúdez, fue derribado por la multitud. Luis Felipe Muñoz suministró el mecate, Alfredo Nicolai le echó el lazo al cuello y Quintín Vicente González tirò del mecate con un camión. En la noche del mismo día de los hechos, los insurgentes se marcharon hacia Araira acompañados de un considerable número de hombres del pueblo quienes poco a poco se fueron rezagando de tal modo que cuando llegaron a El Rodeo solo quedaron con ellos los pocos que habían decidido acompañarlos en la aventura. En el sitio de El Rodeo estaba ubicado un campamento de los trabajadores de las obras viales que entonces realizaba la Nación en la región, allí los hermanos Monroy asesinaron al jefe de sección Luis Medina, hecho repugnante que causó general repulsión, ya que los asesinos debían a su víctima atención y servicios.

     Los insurgentes marcharon hasta llegar a Chuspita del Medio, deteniéndose en el lugar nombrado Las Morochas. El día 7 de mayo entró a Guatire la tropa destacada por el gobierno para castigar a los alzados, integrada por cincuenta hombres al mando del coronel Manuel Castellanos. Marchaban a pié, excepto el jefe, que venía a caballo. Al llegar la tropa a Las Morochas, y cuando asomaban en una loma, varios disparos de fusil que partían del pié de un yagrumo, desde una fila de enfrente, hirieron mortalmente al sargento Jesús María Negrìn, de Guatire, y al cabo Joaquín Pérez, de Petare. Castellanos ordenó pecho en tierra y tomando el fusil de uno de los caídos hizo varios disparos hacia el sitio de donde procedía el ataque, consiguiendo silenciar al atacante. Horas después el campesino Santiago Pellicer, que pasaba por el sitio cercano al lugar referido, atraído por unos quejidos encontró en un rancho abandonado a un hombre gravemente herido quien le pidió agua y auxilio, muriendo poco después; cuando se le identificó resultó ser un sujeto apodado “Recogelosvidrios”, vendedor ambulante.

     Los insurgentes, al cerciorarse de que estaban solos, ya que únicamente ellos habían cumplido con la misión que se les había encomendado dentro del plan general del movimiento que se había organizado contra la dictadura de Gómez, jefaturada en la región mirandina por Norberto Borges (el cojo Borges), se dispersaron y huyeron hacia distintos lugares; la mayor parte de ellos se entregó a las autoridades, algunos se escondieron y con la intervención de padrinos lograron evadir la cárcel.  La prensa de la época, que se desempeñaba bajo rigurosa censura oficial, relató los hechos pero presentando como promotor y único responsable a Ramón Dorta (piquijuye), quien se había radicado en Guatire, donde se dedicaba al comercio, poco después de haber salido de la cárcel de la  Rotunda en  la que sufrió varios años de prisión. Se le calificaba de facineroso y temerario y el asalto de marras como una acción descabellada y aislada. No permitía el gobierno que se diera a conocer al país la verdad acerca del origen de los hechos. Ramón Dorta formó parte del cuerpo de rifleros del General Joaquín Crespo que comandaba Isidoro Wiedeman, estuvo metido en las contiendas civiles de fines del siglo pasado y de principios del presente, hasta que fue a parar a la Rotunda. En el momento en que pasaban por el frente de su casa los alzados rumbo a Araira, le dijo a una familia vecina que él no estaba comprometido pero que se iría con ellos porque de todos modos lo harían preso. Los hermanos Monroy estuvieron algún tiempo merodeando por los lados de Jericó y Naranjal, hasta que fueron sorprendidos y ultimados por una comisión policial en las inmediaciones de Santa Lucía. Un guatireño que se encontraba preso en la cárcel de dicha población.
 

 
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