Llegamos a treinta, la madurez nos alcanza responsables, de definido perfil y con conciencia de nuestro paradigma existencial, TereTere logra su número treinta, resumen del entusiasmo colectivo y la vehemencia de pocos por preservar la identidad cultural de muchos. Esta vez cabalgamos asidos a las crines del noble equino que con un galope gallardo y brioso en otrora llevase fusionado a su tronco el pecho abierto del legendario al Páez.
Mayo nos inunda de efemérides que nos hacen desdoblar al pasado y emularnos al recio provinciano que a principios de siglo se alzó contra el gomecismo, aun cuando los velorios de Cruz no habían culminados sus singulares décimas, y en esa incesante navegación de fragatas pupilas sobre ese ancho mar de papel, el cardumen de letras nos lleva a finales del siglo XIX cuando los trabajadores extendieron los brazos a puño cerrado y se hizo voz y unión por las reivindicaciones y la dignidad de la jornada laboral, y de allí a los símbolos naturales, que a la luz del Araguaney nos asoma la espléndida apertura de una virgen orquídea susurrando con un turpial.
Pero ese embeleso no nos aparta de nuestra cotidiana realidad, la triste escena de ver nuestra Plaza 24 de Julio tomada, en las recientes fiestas patronales, por los más deprimentes y patéticos juegos de azar y recalcitrantes fritangas, que vienen a convertirnos en el peor de los paisajes para aquellos que buscan en las fiesta un escenario para la tertulia, el reencuentro y la veneración a nuestro patrimonio cultural local. Nos preguntamos a donde van los millones que circulan en este mercadeo festivo, acaso es a una bolsa oscura y sediciosa de la moral que adsorbe los centavos que de sudor de pueblo se fraguan?.
Más allá oramos, a nuestro modo, por la desnudez de la cruz sin nombre que tirita impúdica, desnuda ante la mirada indiferente de los circulantes, cómo puede ser un estigma más que un monumento, cómo un pueblo puede llevar por siempre una cruz a cuestas por la triste sombra de sus progenitores y la poca luz de sus herederos.
Es el número treinta y tenemos de todo como en botica, seguimos erectos y viriles ante la apatía de los que manejan los programas de inversión cultural que contratan millones en coberturas de medios para decir a los grupos, como nosotros, que no hay dinero para la cultura porque quizás lo gastan diciéndonos que no hay, claro pero eso es cosa de otro número donde haya espacios para los nombres y apellidos, como deber ser...