En Agosto un mar de niños emana eufórico de los claustros educativos casi por inercia invaden los centros comerciales, que junto a sus padres se convierten en un océano humano, que sonríe, consume y delira de alegría, escasean los taxis, y las luces de los parques dan la sensación de feria que discrepa de la “crisis económica” que vive el país.
Es cuando nos distraemos un poco pensando en el glorioso orgullo de que nuestros muchachos nos hayan dejado en alto en los eventos nacionales e internacionales, y zas el carro cae en un hueco que nos traslada a la reflexión de cómo la alcaldía se gasta el 80% de los ingresos municipales en nómina de personal, en esa inexplicable situación llegamos a la reunión con la gente del equipo Gavilanes que arriva a 60 años de historia deportiva y entre la jocosidad y la anécdota la sonrisa nos vuelve, ¿ya han visto cómo están dejando el Calvario? alguien pregunta, y nos alegramos por ello, pero al mismo tiempo otro comenta, eso deberían hacerlo con la casa del Palmar, y un malestar infinito nos invade; ¿cómo es posible que tumben la casa pared a pared y no haya autoridad que fiscalice tal hecho? Llega Carlitos González con su lote de Tereteres en la mano con el pregón silente de quien está seguro va cargado de verdades y esperanzas, y es cuando tomamos aire y nos llenamos de ánimo ante las adversidades cotidianas, seguros que estamos desde acá contribuyendo con el mañana, y que seguiremos hilando verdades aunque dejemos la piel en las zarzas, y aunque muchos piensen que somo la hierba mansa.