La Real Academia Española, en la vigésima segunda edición de su Diccionario de la Lengua Española, define el término político/ca (entre otras acepciones) de la siguiente manera: Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los estados / Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.
La política vendría a ser la planificación y ejecución de medidas que permitan satisfacer las necesidades de una comunidad tanto en lo inmediato, soluciones a problemas puntuales, como la visión a mediano y largo plazo. En ella intervienen factores públicos y privados, externos e internos y siempre debe tomarse en consideración la opinión de los ciudadanos a quienes se pretende beneficiar. La política entonces consiste en coordinar y orientar diferentes intereses particulares y disímiles en función del interés público. Si nos atenemos a esta definición, la historia política de Guatire desde el inicio del siglo XX hasta el presente, es sencilla.
Aclarados estos parámetros, nos adentramos en la vida política de guatireños y araireños, y colocamos en una balanza la gestión de quienes dirigieron la vida pública en estas comunidades. El peso no sólo se inclina abiertamente a favor de los líderes de principios de siglo hasta mediados de los años sesenta, sino que incluso resalta un hecho concreto: a partir de los años setenta los políticos de estos lares, salvo una que otra excepción, se dedicaron sistemáticamente a administrar en provecho propio los recursos comunitarios, y en lugar de solucionar los problemas los agravaron.
Guatire hasta bien entrados los años cuarenta era casi tan rural como Araira. ¿Qué necesidades podía tener? Sin lugar a dudas muchas, y a pesar de no contar con suficientes recursos económicos, los administradores de la época se las ingeniaron para atenderlas. El ornato, los problemas de índole sanitario, la educación pública a través de becas, el mantenimiento de calles y caminerías, el orden público, eran problemas cotidianos que se solucionaban satisfactoriamente; no había recursos para afrontar los requerimientos futuros que ya visualizaban.
La política ad honorem
Sin embargo, es en la década de los treinta cuando nuestra comunidad resulta favorecida por una serie de obras públicas que medían cabalmente lo que los dirigentes de entonces entendían por política: el trabajo (por cierto que ad honorem) en función de solucionar los problemas de los habitantes de la región.
Como una pequeña muestra, podemos decir que la tarea se inicia auspiciosamente en el año 1930. Para el 17 de diciembre de ese año, un grupo de ilustres ciudadanos al frente de toda una comunidad decide rebautizar la plaza Zamora, con el nombre de 24 de Julio colocando una estatua pedestre de Simón Bolívar adquirida con recursos aportados fundamentalmente por los habitantes del pueblo; fue una contundente respuesta para resarcir el orgullo herido de una población excluida políticamente de la conmemoración del centenario de la muerte de El Libertador y una clara manifestación de resistencia pacífica y efectiva en una época cuando no abundaban estos atributos, o por lo menos no podían manifestarse abiertamente; esos mismos dirigentes gestionan la construcción de un hospital (Santa Marta), de escuelas públicas que permitieran la masificación de la educación y de un acueducto, servicios de los cuales carecía la población; a su vez, ante la insuficiencia de ese acueducto, deciden construir varias "pilas de agua" de uso común y tres lavaderos públicos (Macaira, Caja de Agua y Teyechea), que permitían cubrir el servicio colectivo ante la dificultad de llevar el agua a cada casa.
Correspondió a los políticos de los años cincuenta preparar la transición de Guatire de comunidad rural a urbana a través del ordenamiento de su crecimiento demográfico, y los dirigentes "democráticos" se encargarían años después de destruirlo; es que para ellos el término "planificación" resulta un caos, un atentado contra sus particulares intereses, y han actuado en consecuencia.
Las calles de Guatire eran de tierra en su totalidad, sin embargo no había huecos en ellas, el pequeño y modesto servicio de Obras Públicas Municipales se encargaba de un mantenimiento permanente; hoy en día tenemos obreros municipales, capataces, supervisores, ingenieros, contratistas, maquinarias, comisiones, macadam, asfalto y sobre todos huecos, muchos huecos.
Los políticos de aquella época consideraban que habían sido designados en los cargos públicos para solventar los problemas de la comunidad; sinceramente ignoro que piensan los políticos que hemos sufrido de los años setenta a esta parte, con sus raras excepciones, sólo sé que no han resuelto los problemas y más bien lo han agravado, sino que además nos han creado dificultades nuevas y más complejas.
En esta época, como bien hubiera podido decirlo Herrera Luque, hemos tenido políticos honestos e incapaces, pero sobre todo eficaces, en beneficio propio, e inmorales.
A propósito, en el mismo diccionario arriba citado figura el término politicastro: político inhábil, rastrero, mal intencionado, que actúa con fines y medios turbios; ciertamente, en Guatire y Araira desde los años sesenta hasta el presente, son estos personajes los que han copado nuestra escena política, con todas sus nefastas consecuencias.