Siempre hay que volver sobre los pasos de lo leído. Es mejor que evocar los recuerdos que por lo general nos engañan. Enrique Vila-Matas lo define mejor: “mi vida no es más que una biografía como la de todos, construida a base de recuerdos inventados”. Claro, García Márquez lanzaría un grito al cielo para recordarnos el epígrafe de su autobiografía: “La vida no es la que uno vivió sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
Y todo es tan relativo. Por ejemplo, hay tantos pasajes de mi propia vida que ahora trato de evocar aunque al final sé que nada ocurrió como me lo imagino, pero así al menos voy intentando hacer memoria. Sin embargo, hay fragmentos cristalinos que permanecen imborrables y que otros me han ayudado a confirmar. Ahora creo recordar el paraíso en la tierra: la biblioteca pública Don Luis y Misia Virginia de Guatire; así mismo, con todos sus renglones.
Érase una vez un paradisíaco templo amurallado de estantes colmados por viejos y nuevos pergaminos hechos para las luces. Pero lo que es mejor, era un sitio de musas y amazonas mestizas que aleteaban a nuestro alrededor, brindándonos alegrías. Seamos más concretos, era una vaina donde siempre pasaba algo: un concierto, una tertulia, un encuentro de amigos, una tarde de lectura apasionada, una exposición, y unas formas y un fausto, con Santa Durand repartiendo bendiciones como la ungida matrona de la casa, y un tropel alrededor proponiendo ideas, mística y más que nada, alegría de vivir y de servir. Elia (obviamente), Mariluz, las Colina, Vladimir (¿un muso?), Janeth, Alejandrina, Josefina, Ramón, las Noris, etc., gente que nos hizo vivir una etapa apasionante, luminosa, y como todas las cosas buenas, fugaz de nuestras vidas.
No sé por qué exactamente -qué bueno que aquí mi memoria falla- un día esa pandilla se fue desdibujando del paisaje y de pronto, pongamos por ejemplo que un sábado, estábamos entre los escombros tratando de vivir de la nostalgia, cosa muy mala, y allí fue cuando entendí por fin el disparate bíblico de la expulsión del paraíso: como buenos pecadores, buena parte de esa legión fue desterrada del edén. Y no vamos a caer en la torpeza de juzgar si antes funcionaba bien y ahora mal, que no se trata de eso, sólo que hay cosas con aura, con un halo místico, como una canción de Serrat, un cuadro de Miró, una película de Gutiérrez Alea, una cantata de Bach. Otros pueden intentarlo, yo mismo, usted querido lector, pero pocos pueden alcanzar la comunión.
Hay algo muy bonito que le dijo Anais Nin a Henry Miller, su amor imposible: “cuando me llevas por las viejas calles, estoy viviendo no solo en la alegría, sino más allá, lejos hacia la futura ausencia de ellas”. Menos mal que al menos Anais dejó el testimonio en sus diarios, y sus palabras me permiten remover el recuerdo de esos días en que formábamos una familia de románticos con breves epopeyas, la gente de la biblioteca y los que andábamos gravitando a su alrededor en pos de causas perdidas: María, Jorge, Mauricio, Rosa, el Poeta, Marcos, José Manuel, Aníbal, Pestana, el Chino, Tejada, Nancy, Guido, Oswaldo, César, y una lista infinita, vaya milagro. Gente jodiendo, para decirlo en buen español, que andaba inventando revoluciones antes de que se pusiera de moda, gente que en verdad recuerdo, que puedo jurar que recuerdo, que no estoy inventando, que de verdad existió… Creo.