Mi apreciado amigo Martín:
Te felicito en unión de tu buena esposa por la valiente hazaña de haber cumplido medio siglo de unión matrimonial. Asimilada a la jerarquía militar, eso equivale al grado de Generalísimo. Aprovecho esta feliz oportunidad para rememorar nuestro pasado barriero, pues compartimos tú y yo la vecindad del mismo barrio en nuestra infancia. Yo emigré y tú te quedaste, y allí quedó también mi familia. Llegué allí a la edad de ocho años y de allí salí a los veintiuno, a raíz de una grave enfermedad; la necesidad de cambiar de trabajo me obligó a ello. Siempre dedico mis recuerdos a tu mamá Dominga, cordial y servicial y excelente vecina; a tu papá José María, quien se sentaba en la acera de su casa en una silla de cuero recostada a la pared; era buen narrador, lo visitaba muy a menudo Emilio Berroterán, hablaban de todo, del pasado y del presente: Guzmán, la Federación, Crespo, Castro, Gómez eran temas favoritos; eran buenos lectores, habían leído a Don Quijote, Los doce Pares de Francia, La Ilíada, La Odisea. Yo me acercaba, me sentaba a respetable distancia en un taburete que tomaba de la taguara de Manuel Díaz y oía la conversación con deleite. Era difícil conseguir libros, aquí solo se conseguían libros escolares, para obtenerlos de otra clase había que ir a Caracas.
Para culturizarnos teníamos que hacerlo con libros prestados. Leí a Espartaco, que era tuyo, a La Maja de Maravilla, El Cura de Aldea que era de Juan Livinalli, buen amigo, dispuesto siempre a la práctica del bien. Fue él quien redactó el escrito que los huelguistas, peones de las haciendas de caña, presentaron a los patronos pidiendo aumento de salario.
El Barrio Arriba tiene historia, en la reforma de la Ley de División Territorial de la Nación, creo que en el año 1865, Guatire, que antes había sido parroquia del Cantón Guarenas, fue elevado a la categoría de Distrito con el nombre de Zamora, con los Municipios Guatire, Zamora y La Esperanza, siendo la capital de Zamora El Barrio Arriba. La jefatura funcionaba en la casa de Blas María Matos, quien era el Comisario y fungía de Jefe Civil; no había ninguna clase de registros tampoco los hubo en la Esperanza (hoy Parroquia Bolívar). Nuestro barrio fue teatro de los avances de piedra. Los muchachos de Curazao capitaneados por Jesús María Berroterán (Chuquito) se enfrentaron varias veces con los de El Barrio, dirigidos por Antonio Gutiérrez. En uno de esos encuentros, sábado en la tarde, Chuquito no retornó a su casa, era de Santa Cruz. Era a la sazón el general Natividad Rojas, tu suegro, el Jefe Civil del Distrito, quien noticiado de lo ocurrido movilizó su policía. Chuquito fue encontrado en la casa de María Antonia Navarro, dentro de un matorral, muerto. Un hematoma en la región del hígado reveló que lo habían matado de un palo, de ello se dedujo que entre los muchachos se había infiltrado un hombre, lo que era acertado ya que mucha gente se manifestaba indignada por las derrotas infligidas al bando de El Barrio por los de Curazao capitaneados por Chuquito. Natividad se valió de todos los medios imaginables que lo llevara a descubrir al delincuente. De acuerdo con los padres de los muchachos de ambos bandos, fue sondeando a éstos uno a uno, con halagos y cariños, haciéndoles ver la inconveniencia de no decir la verdad, pero nada sacó, los muchachos se trancaron. Natividad ante la impotencia, entre contrariado y complacido, dijo: “Esos muchachos no tienen miedo, Son guatireños como yo.” (Relato de Nicasia Blanco). La cruz del camino del Sitio tiene su historia: Luís Oses y Matías Correa tenían un pique viejo, una tarde se encontraron en ese punto, después de un cruce de palabra duras Oses sacó un revolver y disparó al tiempo que Correa se lanzaba sobre él desde el burro en que venía montado, en el forcejeo hubo otro disparo, quedando ambos tendidos en el suelo gravemente heridos con un mismo revólver, ambos murieron a las cuatro de la madrugada del día siguiente, valga la verdad de los que lo contaron.
¡Te acuerdas de la reyerta entre el torero Martinito y el pulpero Alejandro González?. El pulpero salió con un machetazo en cada mano y el torero con uno en la cabeza con un machete sin romper. El barbero Francisco Aponte, comisario de El Barrio, quien tenía su negocio en el local anexo a mi casa al oír el vocerío agarró su punta de machete y en dos trancos se puso en el lugar de los hechos. Todo empezó a la salida de una corrida de toros que se daba en un corralón de la casa de la esquina que entonces se llamaba del bucare. Debajo de ese bucare algunas veces nos juntábamos, sentados en un escaño de bambú que allí había tú, yo, Jesús María Berroterán, Juan Livinalli y otros, hablábamos de todo, de los libros que habíamos leído y su contenido, de la gloria y del infierno. El maestro Víctor, buen esgrimista, gratuitamente preparaba para la defensa a los muchachos de El Barrio; en la taguara de Gabrielito habían tres o cuatro pares de espadones para esos menesteres. Contaban que una vez le zumbó un chaparrazo a su hijo Tobías Inojosa, cacique de El Barrio, pero éste hábilmente esquivó el golpe; el maestro Víctor, indignado, le dijo: “Maldita sea la hora en que se me ocurrió enseñarte a manejar las armas”.
Antonia Delgado siempre está entre mis recuerdos, una noche entera acompañó a mi mamá en mi grave enfermedad a que arriba hice alusión. Encarnación, la hija mayor de Soledad, una tarde venía yo de la escuela y cerca de la casa de Regina la alcancé en el momento en que unos muchachos del alto de Ramonita la estaban molestando con groserías, yo me encaré con los muchachos y los espanté a pedradas; a ella la acompañé hasta el Cañaote, de ahí continuó sola hasta su casa. De allí en adelante, como ambos salíamos de nuestras respectivas escuelas a la misma hora, el que llegaba primero frente a la casa de Regina esperaba al otro, de ahí surgió una estrecha amistad hasta el día en que circuló por todo El Barrio la triste noticia de que Encarnación Villanueva, la hija de Soledad, había muerto a consecuencia de un pasmo por haber bebido un refresco después de jugar a la cocina con otros muchachos. No fue así, ella fue una de las víctimas de una epidemia de fiebre amarilla o vómito negro que se presentó en esos días en Guatire. La muerte de mi amiguita me llenó de tristeza, no fui capaz de ir al entierro por temor de llorar en presencia de la gente, su imagen no se ha borrado nunca de mi mente.
Voy a pasar a remembranzas menos tristes; tu sabes que los mejores “sampedreños” han salido de este lado: El Barrio, El Ingenio, Las Barrancas, pero hubo uno que se destacó por sus ocurrencias muy originales, vivió entre fines del sigo XIX y principios del XX y era conocido con el sobrenombre de “Machetón”, ignoro el verdadero nombre y el del lugar de su procedencia, era muy conocido en Las Colonias; después de celebrar el día de San Pedro aquí, como es de costumbre, en los domingos subsiguientes iba con el conjunto a Guarenas y a Las Colonias. Cuando alguien le decía en broma -¿A qué te vas tú a Las Colonias, allí no hay negros?- “Los hay, y bastantes, pero yo no voy allí por los negros, voy por los italianos. Los italianos son filarmónicos y les encanta el galerón sampedreño. Nosotros vamos al cerro de Santa Rosalía y allí nos espera el catire Francisco Melchor con su guitarra, se agrega al grupo y toca con entusiasmo”.
He llenado ya tres páginas y pico y todavía tengo la mente repleta de recuerdos inéditos, pero tengo que dar término a estas remembranzas, y lo hago con broche rústico que considero de gran valía para ambos, ya que sólo tú y yo lo poseemos y tenemos archivado en algún lugar recóndito de nuestras respectivas memorias, y ello es esta pregunta: ¿Te acuerdas del camuquenque que cazaste un día que con nuestros burros buscábamos leña por los montes de El Marqués?
Mis abrazos que hago extensivos a tu buena esposa, a tus hijos y demás descendientes.