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Primera criolla en graduarse de médica en Venezuela
Discurso pronunciado por Sara Rosa M. Bendahan
 
Documento.-

     Durante el acto en que se le confirió el título de Doctora en Ciencias Médicas, en la ilustre Universidad Central de Venezuela, el 31 de julio del año 1939.

     En estos instantes solemnes de mi vida, en que por fin se me concede el alto honor de ceñir el birrete con la borla doctoral, no puedo evitar que solo florezca en mis labios una sonrisa dolorosa. En ese Hospital Vargas y en esta Universidad –gloriosa madre nuestra muy amada!- los seis años del estudiantado fueron seis años de calvario con todas sus estaciones, sin faltar una, debido a los tiempos que atravesábamos: incomprensión, preconceptos arcaicos, falta de costumbre de ver a las mujeres en las aulas, maledicencia, envidia, pequeños caciquismos en cada jerarquía, groserías innatas, de unos, persecuciones sistematizadas, de los otros, pasiones políticas –y no políticas!- encontradas y, para qué recargar inútilmente el cuadro? Desde el bachillerato hice toda la carrera sola: Única mujer. Exótica en aquellos “predios” de varones fui por la fuerza de la circunstancias poco compañera de la generalidad de mis compañeros; para ellos se anteponía por falta de costumbre, la mujer a la estudiante. Y cuánto mal con sus prejuicios y falsedades me hizo la sociedad de “antaño” – y de esto hace apenas unos años, quien lo creería hoy que se ven tantas cosas malas de verdad con benévolos ojos!- no queriendo comprender o no comprendiendo cómo “una mujer” podía estudiar medicina sin ser un marimacho, sin perder su decoro, sin mengua de su honestidad. Oh tempora, oh mores. Durante esos años mis sufrimientos fueron tales que el dolor se hacía físico y lancinante; el corazón desfallecía a ratos. 

     Cuántas veces lloré de sentimiento! Cuántas al ser incomprendida! Cuántas otras de rabia e impotencia! Cuántas más pensé abandonarlo todo, costase lo que costase! pero siempre unas vocecitas –las dos unidas, la del amor al estudio y la del amor propio- me susurraban al oído “qué, te dejarás vencer?, No retrocedas ahora, no le des la razón a los que piensan que el cerebro de la mujer es de aserrín…” Y siempre también el amigo íntimo de mis días de estudiante –y aún post estudiantiles!- acudía a mi socorro a levantar mi moral en el suelo y a obtener que prosiguiera en el doloroso vía-crucis. La subida era áspera, pero mi ruda lógica me impedía desmayar. Ansiaba beber en los ricos manantiales de la ciencia y dotada de un sentido justo de la auto-crítica, sabía que “servía”, sabía que “podía”.

     Perdonad a mis sentimentalismo –que, mal cuadra con una envoltura tan antiestética y tan poco graciosa como la mía!- el salirse del cauce en esta hora, haciéndome divagar en los laberintos del recuerdo, actualizando el pasado y resucitando con formas tangibles para Ustedes, los jirones de mi vida que parecían por siempre sepultados: “el Ayer hace avanzar el Mañana”. Ah, me siento triste y me invade la nostalgia; los tiempos idos fueron malos y en ellos luché y sufrí, pero en ellos se destaca victoriosa –aunque muchos no lo crean o sonrían irónicos ante mi aserción- la figura de una jovencita casi siempre vestida de negro que labraba en silencio para preparar el camino que otras habrían  de seguir con más facilidad, pero no con mayor fe ni seguridad que ella. En ellos también, resurge la visión triunfante de un Amor esplendoroso que muchas veces iluminó las sombrías aulas o las grises salas de Hospital, convirtiéndolas en radiantes moradas y haciendo el sol más claro, la vida menos árida, los compañeros menos crueles. Cuántas mañanitas pálidas que me parecieron rutilantes, y cuántas crueldades de Ellos, los bárbaros, que borrara una mirada de esos ojos que primero fueron míos, o una sonrisa exclusiva para mí, de esos labios para todos tan herméticos. “Iba del Cenit al nadir y los aspectos de esa vida cambiaban desde la cloaca hasta la estrella”.

     Con la salud seriamente comprometida desde el principio, combatiendo al odio y a la envidia,  y a pesar del huracán, seguí mi camino porque me encontraba en la bella edad en que se tiene fe en el porvenir misterioso. Y así, con tardo paso de martirio, llegó el sexto año de medicina. Gravemente enferma, mas sostenida por el deseo de terminar una carrera que me parecía el más bello apostolado y también por el amor que me dominaba y dirigía –no me creo en el deber de ruborizarme, por poner así de relieve un afecto muy noble y siempre invariable en mi vida!- presenté los exámenes  parciales de ese sexto año. Ahí terminó mi hazaña por el momento; no habiendo podido obtener el grado en esa época, éste se fue aplazando de día en día debido a las más adversas y variadas circunstancias.

    Mi vida, en estos años que separan el término de mis estudios de la adquisición del título Doctora en Ciencias Médicas, ha sido muy cruel. Fui anti-social y mi corazón estuvo muerto mucho tiempo porque otros redujeron a cenizas el sagrado fuego que lo animaba. Si mi espíritu estuvo enfermo, ahogándose a veces en los ásperos recuerdos del pasado, fue porque me comprimieron férreamente en el molde demasiado estrecho de los convencionalismos… He tenido tiempo de estudiar y de examinar con calma las costumbres de mi “antaño” y de vuestro “hogaño”. Mi escalpelo ha penetrado profundamente y en su disección moral bajo las más bellas  apariencias ha puesto al descubierto las más horribles podredumbres: cuántos sutiles venenos en las más lindas flores, mas cuántas verdaderas minas de diamantes purísimos bajo la más carcomida de las envolturas!

     También la muerte me ha acechado muchas veces y ya casi había renunciado a adquirir el título universitario, contentándome con el que todos me reconocían y me daban por saber que yo había hecho los estudios reglamentarios completos. Hasta mi tesis, la bien documentada tesis preparada en los tiempos de entusiasmo, fue destruida por mí en momentos de intensa amargura. Por suerte, paso a paso he ido saliendo de las sombras, y de este modo llegamos a Junio del año 1939. Un buen día examinando el presente en que yo misma me aniquilaba, y acuciada por la necesidad que me hizo comprender que el título en la escarcela no sería cosa baladí para fines ulteriores -oh, mis sueños de estudiante de redimir humanamente a la mujer caída y mis sueños de hoy de un estudio minucioso y consciente de todo lo relacionado con la lucha preventiva de la prostitución!- un buen día, un buen día, me resolví a dar el paso que hoy da sus frutos. Y cuánto me ayudó el noble amigo de otrora al murmurar en mi oído en esos días de Junio: “debes graduarte, no dejes que te quiten el puesto. Tú debes ser la primera venezolana graduada en Venezuela(1) puesto que fuiste tú quien primero hizo aquí los seis años completos de medicina(2). Y agrega en francés “Qui a été à la peine doit-étre á l’honneur” (quien pasó el trabajo merece el honor).

     He ahí explicados los motivos de que hoy me encuentre ante vosotros –tan tarde!- solicitando del ciudadano rector el título que debiera ser mío desde años atrás. Estos momentos tan alegras para otros revisten para mí la solemnidad de una exhumación, que quizás sea el preludio de una verdadera resurrección. Y por todo lo que os he dicho y por todo lo que os diré, mi sonrisa es dolorosa… Mi padre, mi hermano más querido y mi buen tío Fortunato han desaparecido; mi amor fue traicionado y sin piedad hecho jirones; -mis maestros, amigos, y consejeros de los días malos, los queridos Doctores José de Jesús Arocha, Enrique Delgado Palacios y Luis Razetti y el inolvidable Míster Charles Freeman, mi segundo padre, están todos en las moradas de los muertos; -mi madre se ha ido para siempre hace seis meses sin haber tenido el consuelo de verme graduada como tanto lo deseara; mi corazón está de luto por ella y por ellos eternamente; la señora Vicente de Yánez que para mí ha sido una segunda madre, el Doctor Diego Carbonell Rector en los primeros años en que yo estudiaba y que para mí fue un gran amigo, los compañeros Miguel Espinoza y Rafael Gallardo están lejos de Caracas; mis hermanos y hermanas, mis familiares y en especial mis tías y mi linda sobrinita Daisy … Qué más se necesita para no sonreír alegremente ni siquiera ante este triunfo? No que el orgullo se apodere de mi espíritu –oh no!- y lo considere como triunfo científico, mas sí como triunfo extraordinario sobre el medio, los prejuicios, la envidia, las circunstancias que me han rodeado, mi mal estado de salud y por ende la muerte, el tiempo que ha pasado desde la terminación de mis estudios, etc., etc... Hoy por fin puedo decir que he resurgido de mis cenizas como el Fénix y que estoy dispuesta a seguir viviendo y a seguir luchando… 

     Los tiempos han cambiado con suma rapidez. Se familiarizó el varón con la presencia de Eva en las aulas y hoy en todas las facultades cursan estudios numerosas estudiantes mujeres, alegrándonos anticipar que en el año próximo finalizarán sus estudios médicos dos inteligentes compatriotas nuestras. La mujer, a Dios gracias, trafica hoy por el claustro universitario con la misma facilidad y desenvoltura que su compañero del opuesto sexo. Ya no es utopía hablar de las actividades de la mujer; por fin la venezolana en actitud valiente y decidida se lanzó de lleno en el campo prohibido de la ciencia y anhela la igualdad de derechos de los cuales el primero es el sagrado derecho de instruirse. Hemos avanzado, sí. El ayer hizo avanzar el Hoy y el hoy hará avanzar el Mañana. Con el más sincero interés deseamos que en un futuro no lejano haya la mejor unión y la más estrecha comprensión entre todas las que de un modo u otro hemos luchado por el triunfo de la mujer. Debiera terminar aquí, mas no puedo todavía. En estos momentos quisiera recordar a todos los que conmigo fueron buenos, directa o indirectamente, durante mis estudios o durante ese largo período post – estudiantil ya bien señalado; animándome con una mirada o con una sonrisa aunque fuera. En un temperamento como el mío florece prodigiosamente la gratitud y ella trae a mi recuerdo con caracteres de relieve las siguientes personas a quienes me complazco en dedicar esta Hora: Las señoritas Hernández Suárez, mis maestras de primeras letras. Los bachilleres Juan José Phermín, Juan Antonio Padilla García, J. A. Rodríguez López que junto con los Doctores Aaron Benchetrit, Enrique Delgado Palacios, José de Jesús Arocha, M. Pulido Méndez, Víctor M. Ovalles, me encumbraron por los vastos campos de las ciencias…

     Ahora –por qué no- seamos buenos hasta con los crueles, hasta para con los envidiosos, hasta para con los malvados, y agradezcamos a ellos también que sin sospecharlo siquiera, nos pusieron los peldaños del estímulo y del obstáculo…

He dicho. 

    En Caracas, a 31 de julio del año 1939. 

    El discurso pronunciado por Sara Bendaham con motivo de su graduación es una reseña biográfica de lo que fue su vida como estudiante; es una pieza oratoria cargada de nobles sentimientos, donde no hay lugar para la amargura, la mezquindad, ni el resentimiento, ni siquiera para quienes lanzaron espinas en su camino. Sólo la crudeza de una realidad que le tocó vivir y un alto sentido de gratitud hacia quienes la ayudaron a lograr su meta.


(1) La primera mujer que intentó los estudios médicos en Venezuela fue la Doctora Virginia Pereira Alvarez, que posteriormente los llevó a a cobo en estados Unidos.

(2) La primera mujer que hizo los seis años completos de medicina en Venezuela, fui yo; debo hacer constar que soy venezolana por nacimiento (Guatire, Estado Miranda). Crecida y educada en Venezuela, experimento un gran amor por mi patria y me considero tan venezolana como la que más. La Doctora Lya Inmberg, hizo sus estudios posteriormente, pero obtuvo su título en 1936 (es decir antes de que yo hubiera mi título universitario). Bello triunfo el de esas dos colegas, el de la venezolana en el extranjero y el de la extranjera en Venezuela!  A las dos dedico un recuerdo especial en este día: la una me precedió y la otra me siguió en las aulas. A Elizabeth Garret Anderson, que fue la primera mujer en el mundo que abrazó las Ciencias Médicas y señaló de este modo una nueva era a las de su sexo, también le corresponde un recuerdo.


 

 


 
 
Discurso pronunciado por Sara Rosa M. Bendahan
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