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Cuentos Guatireños
Presentación
José Milano
 
Datos.-

      Hay pueblos que tienen esa magia, ese no sé qué, que nos obliga a detener nuestros pasos para, por un instante, respirar su aire, llenarnos los ojos con sus singulares paisajes y, sobre todo, impregnarnos de su riqueza cultural. En otras palabra hay pueblos que atrapan, tal es el caso del protagonista de estos relatos en cuyos contenidos podremos entender; cómo una dimensión etérea enmarca  cada trama sin desvincularse del bucólico enfoque en matices que oscilan entre el más puro surrealismo y el más elemental e ingenuo cuento de plaza.

     El autor es en sí; un producto de ese arraigo que causa efectos grotescos de regionalismo, al grado de negar la más mínima posibilidad de abandonar su tierra, de no emplear  palabra alguna en otra cosa que no sea escribir a entorno terrenal, pero a veces las mentes superan los espacios, en este caso el autor decidió, por cuenta propia, hacer de su pueblo el protagonista de sus involuntarios vuelos  por los campos oníricos, propios de las mentes creadoras.

     Por ello, y en función de la promoción literaria del patrimonio cultural que descansa en nuestros pueblos y que se niega a abandonar su puro aire y envidiable paz, traemos estas páginas  que pueden entenderse como unos singulares Cuentos Surrealistas para un Pueblo sin Nombre.


DIOS NO VIVE EN MI CIUDAD

     Está sentado en el tejado, y lo golpea con fuerza para romperlo, pero aun no me he decidido a dejarlo entrar, han cambiado tanto las cosas desde que llegó, aun tiemblo de la impresión, esa mañana caminaba hacia la plaza a conversar con mi musa en el trinar de la aurora, y absorto y seguro de la vereda que tantas veces había recorrido, tropecé; tropecé con una gran roca en medio de la plaza, la rodee varias veces, era inexplicable como algo tan grande había aparecido de pronto  frente a la iglesia, y en unos de esos arrebatos de curiosidad que a veces impulsan a los hombres solitarios, me trepé en un árbol para mirar desde su entramado, la cumbre de la misteriosa roca.

     Admito que en el ascenso el temor al ridículo no me importó, tal era la intensa curiosidad que por la búsqueda de la verdad me invadía que ignoré las tiñas que me herían las manos, los cables eléctricos y cancerigenos al ras de los techos que mutilaban las amorfas ramas y menos, el contraste de la inmensa torre de limpio cristal coronada al fondo por la intrincada selva de ladrillos en la fila periférica.

     Así, desde allí pude mirarlo, estaba sentado en actitud de pensador con su raquítica figura y blanca barba, diciendo  en voz alta:

_ ¡El hombre es una plaga, sí,  el hombre es una plaga.!

     Ya se están acercando, ¡claro!,  Todo el pueblo está convulsionado, no es para menos, los comprendo; que una piedra con estas dimensiones, aparezca así como así, de la nada en medio de la plaza, eso desconcierta a cualquier  mortal.  Ilusos.

     Ahí vienen y yo, con esta facha, pensarán que soy un loco, un extra terrestre, un demonio. Tienen miedo, esos otros están molestos, claro el alcalde los manda para que averigüen quién soy,  ya están aquí.

     Ciertamente eran los pingüinos de siempre, que combaten el hambre con su voz y la producen con sus manos, los que son humanos por títulos y convicción pero desconocen el derecho de sus congéneres a pensar y errar. No sé por qué, pero desde ese momento sentí que me hablaba a mí, y seguí sus palabras, desde las cercanas ramas, mientras los hombres de abajo, se acercaban cautelosos y en actitud de asecho. Su boca los recibió con fraternidad serena, sin miedo.

_ Hombres, acercaos, no temed al hijo de su padre, que es el padre mismo.

     Dejen de preguntarse  quién soy,  acaso no lo veis, no ven mi cara confusa, la verdad es que ni yo mismo estoy seguro. ¿Seré quizás, un titiritero?, Acaso...  ah, ya recuerdo, sí, me veo niño, aunque mi mente está confusa, es tan complicado tener cuerpo, cómo podéis vivir ustedes con sueños tan largos y miradas tan cortas.

     Escuchadme y decidid luego, más que quién soy, quiénes sois vosotros mismos, plaga de ilusos.

     La delegación de obesos pensadores reaccionó mirándose sus pálidas caras y los habitantes cercanos de las enmarañadas colmenas de esa cosa extraña que llaman ciudad, se acercaron atentos a la proyectada reflexión.

    Pero el extraño hombre, empezó sin preámbulos una historia de su niñez que los hombres y yo, escuchamos con atención casi hipnótica.

_ Empecé jugando con las hojas de los árboles, simbolizando figuras, y diciendo a los otros niños—miren, este es un león y este un cordero: y las hojas grandes leones absorbían a las pequeñas hojas corderos, pero cuando me cansé de las hojas; utilicé trozos de madera o piedras, a los que pinté ojos y boca y cubría con telas, asemejando un vestuario.

     Los otros niños se divertían, entonces decidí hacer un muñeco al que pudiese mover las manos y piernas, esto fue grandioso, podía entonces, a través de él, contar hermosos cuentos, todos me admiraban y sentí el poder que ejercía sobre las masas, y ese placer me hizo sentirme como un Dios.

     Pero mi naturaleza era inconforme, entonces decidí darle movilidad facial a “Hombre”, así lo llamé, ese fue mi gran error.

     Hombre había adquirido personalidad, la gente lo quería y le preguntaba cosas, y yo tenía que contestar, perdí el control, Hombre me había desplazado, entonces decidí dejarlo solo y le coloqué una cuerda mecánica para que pudiera moverse sin mí, eso sí, yo no me hacía responsable de su conducta.

     Pero Hombre era muy simpático y convenció a alguien; para que le implementara una pila eléctrica que le daría más autonomía, Hombre convenció a muchos a duplicar su imagen, a tal grado que empezaron a utilizar la electrónica para darle la movilidad y capacidad de responder a estímulos externos.

     La robótica estuvo a su servicio, pero su ambición estaba clara, su objetivo era parecerse a mí  y para ello se sirvió de la cibernética, a tal grado que cuando alguno de nosotros se dañaba un órgano, era reemplazado por una parte cibernética de Hombre, e incluso y duele decirlo,  a veces reemplazaron corazones que resultaron muchos más duros y resistentes que los nuestros. Ya para entonces Hombre se apoderaba de nuestros cuerpos, poco a poco.

     Esta plaga cada día tomaba más terreno, hasta que un día Hombre se colocó un apellido: “Androide” y ya con su cerebro de computadora, podía solucionar problemas.

     Esto me alarmó, sin embargo, la catástrofe aun no pasaba. Y Hombre me robó, amparado en la sombra de una noche, el secreto de la creación, e inventó algo que llamó...  Clonación..... hombres perfectos, exactos, estéticos y fuertes. Y después me miró por encima del hombro, como a una cosa rara y se burló de mí, de mi fragilidad, mi desorganización y decidió crucificarme.
Luego, con el tiempo; Hombre empezó a sentir nostalgia de mis locuras y placeres, por eso. “El Hombre Clon”...  como se había colocado por nombre artístico,  anduvo por el mundo simbolizando leones y corderos con hojas de los árboles.

     Prácticamente empezó a adorarme y me hizo Dios, pues a su juicio; Yo lo había creado.

     Los presentes alarmados por la fantástica historia, rumoraron confusos y otros emprendieron  una carrera eufórica por las calles, yo permanecí inmóvil, el miedo me invadió  no fuera que aquel extraño ser descubriese mi escondite y lanzase algún maleficio o acusase de espía, además, aun no podía explicarme como alguien tal débil pudo subirse a una roca tan escabrosa. Su voz profunda y grave me sacó de mi estado reflexivo, esta vez la serenidad no era parte de su ánimo y gritaba:

     ¿Por qué huyen,? ¿Adónde van?, ¿Qué van a decir al resto de la gente?

    Ustedes piensan que estoy loco, ¿verdad?, Claro, cómo alguien  va osar llamarse Dios.  Que por qué no lo pruebo, mírense a ustedes, hay duda, pánico,  alarma, corren, rezan.

      Piensan que es el juicio final, la iglesia está abarrotada y ustedes,  sí,  ustedes, ¿por qué colocan flores y ofrendas alrededor de esta piedra.?

     Aquellos de la esquina, piensan que soy un truco del alcalde para que se olviden de la crisis económica, ah... el alcalde, que miedo tiene, hasta  a reunido a una comisión de notables para que averigüen quien es el extraño hombre de la roca.

     Para el momento; la confusión reinó de tal manera, que huir era opción mas pertinente para los que nos decimos civilizados y que ahora, confundidos, no queríamos reconocer que la ciudad nos roba el alma.

     Un grupo de hombres salía sereno del edificio municipal, la policía que hacia un cerco al lugar les abrió camino, se instalaron frente a la roca.  Mientras él comentaba en tono de confidencia:

_ Ahí vienen, quieren comprobar si soy su Dios,  ilusos,  plagas.

     El hombre es como ese hongo blanquecino que va poco a poco consumiendo y secando el verde  y húmedo musgo de la gran roca que es la Tierra.

     Son varios hombres, todos distintos; pero con la misma duda, no la duda de quien soy, sino la de saber si pueden descubrirlo, se creen todos poderosos. Unos vienen arrogantes; otros temerosos, pero todos,  todos creen tener la fórmula para demostrar que son superiores a los  otros, dueños de la razón y monopolizadores de la verdad.

     Levantó su mano y con tono catedrático señaló a uno de ellos.

_ Tú, el antropólogo, piensas decirme que  si la vida empezó con el génesis y  se crearon plantas  y animales en función de servir al hombre, debo contestarte entonces:

¿Qué sentido tuvo la creación de los dinosaurios si estos aparecieron y murieron millones de años antes de la creación del hombre?

     El hombre es engreído, ¿veis acaso al resto de las criaturas escribiendo libros para la adoración?, ¿Construyendo templos y profesando ser el centro del universo?. Contestad, ¿cuántos animales no humanos andan con una Biblia bajo el brazo dando a  su modo la explicación de la creación?

     Y tú,  matemático,  ¿qué calculas?

     Piensas que por ser yo Dios mi poder es infinito, el pueblo también, por ello tú de seguro vas a  decirme que el infinito es un teorema, pues nadie lo a visto, si no lo ves, no lo puedes  medir, ni tocar, ni calcular, de tal modo que no es comprobable, y si  el infinito no es comprobable,  no existe; hasta probar todo lo contrario, entonces si el infinito no existe mi poder tampoco, y sin mi poder no sería yo Dios.

     A caramba calculista: Calculad con números el peso de tus pensamientos, mostradme el final del viento, tocad el pasado y oíd el llanto de un niño ahora en otro continente, compradle una onza de amor, venid luego a contarme si tú existes para el mundo si tapamos nuestros oídos con cera y vendamos nuestros ojos?

    Ah, el filósofo quiere intervenir, ya sé, dirás que si afirmo ser Dios todo poderoso, estoy en todas partes, todo lo veo, todo lo sé y si tú logras conseguir algo que yo no pueda  hacer, entonces dejaría de ser  todo poderoso y por ende no sería Dios y precisamente tú pregunta  ha de ser:

¿Puede Dios dejar de ser Dios? 

     Sepa hombre, que sólo un Dios puede dejar de ser Dios.

     Pues, para poder dejar de ser; primero hay que ser, y si no pudiese dejar de ser, significaría que lo seguiría siendo, ¿ entonces cual sería el problema?

     Que interesante, allá, entre ustedes hay un ateo, con una duda muy razonable, él piensa que si dios Creó al hombre y es el hombre quien adora a Dios, y es el hombre quien debe amarlo por sobre todas las cosas y seguir sus leyes; se pregunta:
 
¿Quién le hace más falta a quien, Dios al hombre o el hombre a Dios? ¿Qué sería de Dios;  sin la existencia del hombre? Extraña forma de pensar para un ateo.

    El hombre es una plaga,  un virus, rompe la armonía del mundo, lo absorbe y lo destruye, lo contamina,  lo comercializa y comercializa a Dios, fue él quien le otorgó el nombre y le dio figura humana, e inventa un libro para probárselo a si mismo, en un idioma que el resto de la criaturas de Dios no pueden leer, eres ateo pero sigues pensando como hombre, como protagonista del mundo, porque su libro lo dice y dividen sus creencias a tal grado de pensar que del hombre depende la existencia de Dios.

¿Desaparecerían; el viento, la lluvia, las flores, y el resto de los seres si el hombre muere?

     Pero, no se asusten,  no duden tanto,  no se sientan confundidos, ahí hay alguien que tiene la pregunta más importante de todas, él  ha seguido con detenimiento desde ese árbol toda la conversación, y le parece asombrosa y convincente mi elocuencia, pero hay una duda que le embarga, ¿verdad poeta?

     Me había descubierto, sus ojos me miraron con profundidad, todos me miraban con expectativa y con nerviosismo lancé una  pregunta tan ridícula; que me apené tan pronto la dije, pero ya el mal estaba hecho;

_ Disculpe señor pero la verdad es que yo lo único que quisiera saber es:

¿ Qué carrizo hace usted sobre esa roca?

_ Pregunta sencilla y tan profunda a la vez, tenía que ser de un poeta; Verán, yo estoy pagando el pecado de ser Dios, sentado sobre esta piedra. Sí, en  serio, y todo por contestar sin pensar la pregunta más difícil que me han hecho,  fue la de un inocente niño y me demostró que de verdad no soy todo poderoso como figuráis, hubo algo que no logre hacer. Claro,  que he contestar la pregunta que me hizo el poeta, mencionando lo que aquel niño mortal me preguntó:

¿Si era yo tan poderoso como para hacer una roca tan grande, que yo mismo no pudiera mover?  Y la hice.

     Claro,  sé lo que están pensando en el pueblo; que esta roca donde estoy sentado no es tan grande y que con un poco de esfuerzo podemos moverla y volvería yo al cielo, pero señores, si esta piedra no es ni un grano de arena ante la que verdaderamente hice.

     La roca de la que les hablo pueden ustedes tocarla y sentirla y escuchar los golpes que doy cada segundo  para  que me dejen entrar en ella.

     Esa piedra esta allí al lado izquierdo del pecho de cada uno de ustedes citadinos y si no logra mi condena arrancar una  lágrima a  sus ojos; Yo, seguiré condenado a pagar el pecado de ser Dios.  Pues el hombre es una plaga...

     El extraño ser se sentó, triste y pensativo como al principio, Todos los hombres se dispersaron cabizbajos a resguardarse de su ignorancia tras la oscuridad de sus agrestes cuevas, unos lloraban y sonreían al mismo tiempo, no quiero hablar de las turbas y las fogatas, ni de los aireados desmanes para con el extraño ser, ni la lluvia de rocas que segaron con sangre su rostro, huí y cuatro cuadras más adelante los hombres de azul los hombres de azul me interrogaron sobre el origen de los hechos, yo no estuve allí, nada sé, y así lo negué tres veces, desconozco que fue de su cuerpo, a veces ese es el precio de habitar en la ciudad, mañana continuará “la vida” yo no tengo tiempo para escuchar a indigentes que inexplicablemente viajan en rocas que no pueden mover, reconozco haber sentido que mi corazón golpeaba fuerte en mi pecho, traté de exprimir una lágrima de arrepentimiento, de lástima, pero no lo logré y en la roca que habito desde entonces; Alguien, golpea mi tejado pero no logra entrar y todas las mañanas camino a la plaza y subo a aquel árbol hasta estrada la tarde, cuando ya mis manos se han cansado de cazar corderos con hojas de sauce.

FIN


MANICOMIO

     Pensé que la soledad era la mejor madre, para mecer en su efímera cuna la soñolencia de mi reciente pena. Huir, huir como encorvado en la madriguera humeante de sensibles llantos.

     Apenas habían pasado tan sólo dos horas, y el vacío me abrumaba, imposible ignorarlos, sin la clandestinidad de la débil puerta que me alejaba de sus garras, sus garras cívicas, morales y consejeras. Nadie podría rehacer en mi alma la efigie cristalina de su sonrisa de niña, nadie imitaría el tintineo de sus pasos por el corredor, nadie reemplazaría sus serpentines rayos dorados jugando con la brisa, tras su pelota rosa en el verde mar engramado tras su zigzagueante andar.

     Su sonrisa retomaba cada rincón de las cuatro paredes donde marginé mi alma, buscando el olvido y huyendo a los pésames cortantes, de ellos, los moradores de la puerta débil y traslúcida para el comentario.  Decidí hablarle; mirarla a los ojos en el azar de los rincones, mis ojos trasmutaban viajeros entre las sombras siguiendo su sonrisa adolorida; de grito de ayuda. Encendí una luz, y ya no pude oír nada, la luz de la cerilla hacia oscurísima la habitación, la puerta se abrió, venían por mí.

FIN


MOCASINES BLANCOS

     Hoy el mundo está extraño; avanzo y las puertas horizontales y entreabiertas se achican en el vaivén del disonante ritmo de los sudorosos cargadores. Sus zapatos se arrastran de frente con una intermitencia lateral, como limpiando a cada paso el terreno pisado.  Cómo se puede mirar tantas cosas al mismo tiempo, cielo, tierra, aire, luz, sudor y llanto. Pero lo más odioso son esos petulantes mocasines blancos y verticales tras de mí, extraño, me parecen familiares; pero yo, ni muerto me pondría algo así. Me siguen paralelos como lomos de dromedario.

     Al fin la gran Puerta, tras el traspié del beodo tambaleante de la esquina a mi hombro derecho. Las gotas caen humeante y ardiente sobre el cristal del cielo raso, nombres, nombres y el mío ¿por qué el mío? Y siguen los nombres y nombres y rezos. Ahora, soy yo quien sigue a los mocasines blancos. Al fin una oscura puerta vertical, me retuerzo como un gusano absorbido hacia esa oscura habitación, hasta ser tomado por el cuello por un titán, cíclope verde, de brillante y segado ojo. Susurros y manos gelatinosas, monstruos de cabeza y, horror, horror allí estaban resignados miles de millares de mocasines blancos.

FIN


PASOS ARDIENTES

     Los irritados y lloroso ojos de Carmela; centellaban en un intermitente pestañear, sus pies chasqueaban tumultuosos en las tibias charcas de cenizas aguas, rasgadas sus prendas y heridas sus manos, el dolor no le afectaba, sudor y sangre se hermanaban naturales; como si siempre corriesen juntas.

     A veces el dolor se hace una extensión de nuestro cuerpo, dedos de dolor, que presurosos    apartaban los carbonizados y humeantes maderos, las sirenas se hicieron una canción monótona y lejana, los hombres de rojo la ignoraban de tal modo que en un momento optó por tocarse para ver si aun vivía. Al momento traté de llamarla, pero mi voz se perdía en dirección contraría, ella, Carmela apartó con violencia los restos de un viejo reloj de pared y tomó en sus manos las negras y deformes Timberland, carcomidas por las palidecientes  llamas.

     Me gusta el taconear de Wester cuando camino por las agrestes aceras de este pintoresco pueblo, la gente me saluda como a un extranjero, es interesante como  hacer tan coloridas casas con esas maderos entrecruzados de vivos matices amarillos y azules. Las niñas rubias sonrosadas en sus capuchas conviviendo en el fresco clima de frambuesas y melocotones y Carmela que cuando me acercó lo primero que ve son mis Timberland. Las toma en sus manos inertes al dolor se les queda mirando y mis botas la ven, se entrecruzan entre las tres más de una palabra sin abrir la boca.

_Dormía, dormía, (y los hombres rojos de goteantes brazos la miraron al fin, corrían, corrieron, corrí). Desmontó el pedazo de cobertizo sobre la cama, la miré sonriente y le dije mis botas; ¿salvaste  mis botas? pero mi voz se iba en dirección contraría. Su fresca lluvia cayó en mí, taparon con blancas mantas mi rostro, pero aun la veía abrazada a mis humeantes botas.     

MI TEMPESTAD

     Erase una vez, en una selva intrincada, una jungla donde todo era salvaje, los animales se comían unos con otros, habían serpientes con corbata, tigres sin dientes y abejas con puñales. Era una selva de cemento, sin árboles, ni esperanza, con una neblina venenosa y montañas cuadradas.

     En el centro la atravesaba un río negro, tan negro como el pelo de una niña, la cual vivía en un orificio de una colmena con luces. Uno de esos que visten sotana, viven en grandes casas y cobran por bendecir; caminaba por una de esas calles de ruidos y fantasmas de cuatro ruedas, le seguía no muy lejos un indio de piel bronceada, no por el rudo Sol, sino, por las humillaciones.
El padre de la niña estaba en el balcón de su choza y miró acercarse al sacerdote, siempre con el aborigen de las fábricas siguiéndole. El obrero miró en la ventana a una triste joven, en ausencia de los ancianos, se posó ante ella y díjole con una voz que contrastó con el ambiente:

_ Doliente joven de mirada triste. ¿Por qué suspiras y los ojos pones en el lejano azul? ¿Dónde aprendiste a hilar estrellas y a tejer visiones? Parece que en tus dedos una estrella desfleca su fulgor. Tú en cada giro vas retornando con las luces de ella, hilos de llanto y sedas de suspiros. Con tu visión de engaños pareces una mártir dolorida, que ha absorbido en veinte años toda la amargura de la vida.

     En tanto que del fraile recibía paternal bendición el buen anciano, el indio se despidió de pronto, asombrado de aquella mujer tan blanca que parecía una dulce visión en un sueño vano; y “ ensayando una atlética postura en su carga de flechas apoyado, era él como clásica figura, el Satán  de las selvas asombrado de encontrar en su infierno un alma pura”.

     Aquella tarde en tanto que el viejo labrador y el fraile austero platicaban, la tímida doncella a la puerta, gozaba del encanto, conque rojizo resplandor postrero hace caer estrellas, como gotas de llanto.

     El indio a la par se hundía en el alarde penúltimo del sol que en su derroche envolvía los restos de la tarde en el crespón de la enlutada noche...

Y ENTONCES FUE EL EXTRAÑO SIMBOLISMO

     La tarde, el bosque de pavor se llena y su boca de espanto abre el abismo.

-¿Ves?- dijo el indio y señalando al frente quedó un instante pensativo y mudo, sobre un picacho imperativamente se erguía un buitre, en actitud de enojo, como blasón de señorial escudo, encendido de sol, teñido en rojo.

-¿Ves?- repitiole el indio a la doncella con la mirada fija en la postrada lumbre.

-¡Tú eres!- le dijo- y le mostró la cumbre del Sol, donde yacía una estrella.

Yo soy- le dijo- y le enseño el picacho donde estaba el ave. “¡Súbito!, el cóndor vuela, él alista su arco, empuña una flecha y se prepara. Tiende hacía el cóndor con segura vista la flecha sobre el arco y la dispara, silban las raudas flechas, el cóndor grita y entre los nubarrones sempiternos se desenvuelve la espiral descrita por un alma que rueda en los infiernos”.

     Toca tierra al fin el abanico de sus rendidas alas de combate, se sacude al pie del cazador, se abate, tira atrás la cabeza y abre el pico.

     En la noche la virgen temblorosa después de recordar la escena extraña: entre el cóndor, la flecha venenosa y el indio cazador de la montaña, sintiose dominada de terrores y en tanto que en redor todo reposa: “ Ella duerme soñando en los amores de un vampiro con una mariposa”.

     Pero ese indio que de corduras el fraile vestía, érase de olvidar que aquel cóndor, aunque malo, careciente de alma en su pecho, más un arma colgada en su cintura;  y él tras las rejas miserables de bambúes de acero, el indio en las sombras descubrió, que sólo en las almas puras hay para la poesía, y por una puerta con rejas de su choza con guardias y sin salida, viose un día en la casa grande del hombre que cobraba por bendecir, una gran lluvia de arroz que lanzaban unos monos vestidos de levita y la niña, por la cual mató al cóndor vestido de levita y la niña, por la cual mató al cóndor amenazante, estaba de blanco y alegre sollozaba, junto a su cachorro de coyote, que de lentes oscuros la abrazaba.

     Desesperado  el indio en su cólera, grito tan fuerte, tan fuerte como pudo para descargar su ira, mas el sonido agudo de un árbol grande de hierro que humeaba en su punta, lo dejó sordo para el mundo, mientras gritaba y lloraba. Los ríos negros, negros, siguieron corriendo, las montañas crecían y los animales en busca de papel y metales se olvidaron del amor.
1989
Basado en el poema
“ La Tempestad” (América).

EN SANTA ROSA SALE UNA CABEZA

     Sí, es verdad, allá en la montaña, en el camino a Santa Rosa sale una cabeza.
Corríanse los años de 1936, en Guatire todavía se vivía la algarabía del cambio, pues el General Gómez había fallecido, pero a Pedrito le era indiferente, él solo sabía que tenía que subir a diario a la hacienda en procura de su sustento.

     Uno de esos días en que Pedrito caminaba tras las mulas que arreaba, soñando con su música, porque Pedrito tenía un don especial para combinar sonidos, ¡ah!, pero eso es otra historia; bueno había de pasar por el temido y peligroso puente del Diablo, una vereda, de apenas 60cm de ancho con dos precipicios a los lados cuya profundidad el niño desconocía.

     Ocurriose entonces la calamidad, la tierra estaba mojada y blanda, un viento fuerte y frío sopló del valle y las dos mulas se encabritaron, Pedro perdió el equilibrio y cayó, ¡sí! Cayó del puente del Diablo.

     La caída se le hizo eterna, en minutos recordó los acontecimientos más relevantes de su vida y hasta imaginó su muerte, su velorio y qué pensarían de él.

     Todo mientras las ramas rasgaban sus ropas, quedase inconsciente en la caída y al despertar casi oscurecía, habían pasado dos horas; y maltrecho el niño Pedrito se hizo a un tronco, asustado y confundido sus lágrimas lo invadieron; entonces sintió  un escalofrío que le azotó la espalda; él, no quería voltear, pero una fuerza extraña lo obligó, su espanto fue tal que quedo mudo, allí estaba, lo miraba de frente y autoritario, y con una fingida sonrisa, era una temerosa cabeza que brillaba sobre un tronco.

     ¡Aaahhhhhh!, gritó despavorido Pedrito Muñoz y en una carrera sobrenatural subió en segundos el barranco y en la misma carrera llegó a la hacienda.   

     Esa noche el niño no durmió, como nunca, se decía: “perdí las mulas, esa cabeza me robo las mulas”.

     Pasaron 60 años y Pedrito, convertido ya en un hombre notable; gran músico guatireño, Don Pedro Muñoz, recordando cosas idas reflexiona con su espléndida memoria:

     Esa era la cabeza de Alí Gómez o mejor dicho de su estatua, cuya plaza estaba ubicada donde hoy está la virgen en la avenida Bermúdez; pues en 1835 cuando murió Gómez, un grupo de guatireños exaltados la ataron al camión de Quintín González derrumbándola y arrastrándola por las calles del  pueblo, luego hubo que desaparecerla, pues aún Gómez tenia gente en las jefaturas, por eso la partieron en varios pedazos y como era de bronce hubo que esconder los mismos, y no sé como, pero al Puente del Diablo fue alguien y la arrojó; nadie la iba a encontrar allí, lo recuerdo... ¡claro!    era la misma cabeza. Lamento no haberme acordado antes, pues desde ese día se me cae el pelo y son 60 años, pienso que todavía está allí la cabeza que me hacía desviar del camino en el Salao; debe estar allí...”

     Don Pedro Muñoz, sonríe con su bonachona sonrisa y dice tocándose el estómago: “ lástima que esto no me deja subir ya, porque sino me reiría de ella”...

     ¡Sí!... fue un fantasma que duró 61 años, la cabeza de Santa Rosa, llámese como se llame, pero 61 años en la mente de un pueblo ¿no son suficientes para cobrar vida?

Por lo menos yo, tendré mucho cuidado cuando vaya al Salao, al puente del Diablo, no valla a ser que por allí ande el cuerpo de Alí Gómez, buscando su cabeza y le quede la mía...
1.995

FIN

EL FANTASMA DE LA CHURCA

     Guatire era un pueblo pequeño, con dos largos y limpios ríos rodeando su valle, uno, adornado con mángales y otro encauzado por frondosos bambúes.

     La gente bajaba a lavar las ropas al río y los  niños jugaban y comían mangos, mientras las niñas recogían flores silvestres.

     La mayoría andaban a caballo y los ricos tenían carretas, que andaban majestuosa por las calles empedradas.

     Guatire estaba orgullosa de sus montañas, y sus indios, porque aún habían indios, de la tribu de los tomuzas.

     Una anciana india tomuza fue la que contó a la abuela la leyenda de la Churca y el fantasma del río.

     Era un día en que la tarde cayo  de pronto sin avisar, soplaba un viento frío y oscurecía apresuradamente, estábamos todos sentados alrededor de una fogata, cuando nos dijo la abuela:

    ¡Muchacho! Esta tarde es fea como la de aquellos tiempos cuando el río se comió la mañana y la bruja de la Churca se queda sola y la princesa del río se hundió en el pozo.

    ¡ Ah!, el pozo de la Churca, tantos misterios encierra. Si algún día siguieras el río hasta su primera cascada, encontrarás un misterioso pozo; oscuro y sin fondo, donde el frío nos cala la piel y su contraste caída y golpear del agua nos hipnotiza. Y si suben la colina que bordea el pozo, encontrarán en su cima las ruinas de una choza antiquísima como la misma montaña.

     Fue en ella donde habitaba una anciana ciega y una doncella hermosa de rubia cabellera.

     La una curandera; la otra, niña inocente; bella, de mirada hechicera. Bajaba cada tarde al río a buscar el sustento de su abuela y siempre se bañaba sumisa, desnuda en el pozo, entonando una canción.

     El pueblo temía a la misteriosa anciana y decíase que quien mirase los azules ojos de la niña se hundía para siempre en el pozo.

     Decían los ancianos que la niña era hija de un liberal, que a caballo y sombrero de copa, llegó una vez al proclamando libertades seguido de una tropa de lanceros caminantes, y entregó la niña en custodia a la sabia  anciana, por recomendación  del más antiguo de los tomusas quien para entonces se internaba en lo profundo de la montaña con su tribu, huyendo del látigo español.

    Una tarde oscura, en que la luz de una vela alumbraba la mesa de la anciana y la niña se bañaba en el río entonando una canción, el viento soplaba fuerte y la lluvia caía inclemente sobre los techos de tejas de barro. Toda clase de voces se escuchaba en el viento; la gente rezaba y cerraba las puertas y ventanas; mientras tanto, en la montaña, en la casa de la anciana, las paredes y el techo crujía quejumbroso coco una fiera al borde de la muerte, y la niña se bañaba casi ausente en el río; que creció de pronto y se confundió con la montaña. Arropando su encanto sin pudor y sólo quedo su eco en el río. Llovió inclemente toda la noche. Ahogando de una, el canto y de otra el llanto.

     El amanecer fue fresco, la gente salió a las calles con fangales amarillos a comentar la tormenta. Alguien a quien la anciana habíase librado de pequeño  de un maldeojo, lamentase entonces:

     La anciana de la Churca, el viento, el agua. ¡Por Dios!, la hija del general...

     Corriose la multitud Valle Arriba, subieron al pozo y no encontraron nada, solo las ruinas del rancho y una  vela que misteriosamente permanecía encendida a pesar del agua y el viento.
    
     De pronto escuchamos una canción en el río, y mirándose las caras asombrados, corrieron al pozo pero mientras más se acercaban más lejana oíase la  tonada, y  llegaron y no encontraron nada, solo silencio.
Mientras:

     De lo alto de la montaña el jefe tomuza observaba prometió junto a su gente que llenaría el pozo con piedras sagradas hasta taparlo en honor a la princesa de la montaña, la hija del general, que combatía el látigo español.

     El general nunca regresó a Barlovento, dice que se quedó con la mirada fija, colgado en una plaza ignorante de esta historia.
Y decía la abuela que en una tarde de octubre oscura y fría, de vientos quejumbroso, puede oírse en él, al llegar a las orillas del río, el llanto cantado de la niña de la montaña y la anciana llamando... más si se es tan valiente de subir, luego del amanecer, podrás ver un anciano espectral lanzando piedras al pozo, y dicen que si del fondo una pudieses hallar, verás la imagen de los ojos de una niña, imagen sagrada que te puede proteger del llamado de muerte que hace en octubre el hambriento pozo.

     Que una noche de octubre, la misma del vendaval, en horas de la madrugada surge dentro del pozo la hija del general, entonando su canción; con una vela en la mano que nunca se apaga; y nadie puede evitar ver, cuando - como  luciérnaga gigante – se pasea por el pozo, vigilando su caudal.

     Decíame la  abuela, que si el río se seca o reducen su caudal, o manos asesinas contaminan sus riveras, saldrán las almas en pena que se ahogaron en el río, y también en la laguna. La anciana, la niña y los indios, bajarán toditos con una vela.

     Y ella, llorando nos dijo: Que nos libre Dios del segundo vendaval cuando le quiten el río al fantasma.

    Las calles de Guatire serán su nuevo hogar, y los fantasmas no soportan a los vivos.

Fin


EL ANIMAL MÁS GRANDE DEL MUNDO

     Erase un niño que le gustaban los dulces y comía muchas frutas, vegetales, carnes y leche era un asiduo consumidor de pan con miel.

     Pero este niño, que vivía sólo con su padre en una casa de la ciudad, era malo con los animales y rompía las hojas de los árboles.
Sólo quería a un conejillo llamado Motica, que le había regalado una tía lejana; para él, Motica era el único animal bueno que existía, pues éste le hacía maldades y el mismo permanecía dócil y grácil.

     Los perros muerden, las culebras y las abejas pican, los toros hieren con los cachos, y las mulas patean,... ( y así hacia una lista interminable de animales y sus manifestaciones hostiles).

     Un día, el padre preocupado por la actitud de su hijo hacia la naturaleza, decidió llevárselo al campo, para mostrarle las maravillas del mundo vegetal y animal.

     Salieron muy temprano, el niño no estaba muy entusiasta con el viaje y repetía con frecuencia argumentos como:

_Yo tengo que jugar fútbol, y voy a perder el juego, tan sólo por ver ese monte, donde hace calor  y hay zancudo, no hay baños, ni agua de la nevera y peor: no hay donde comprar hamburguesa ni merengada de chocolate.

     Pero con todo llegaron al campo, y allí miró el hermoso azul del cielo y nubes con un blanco que nunca tuvo en sus lápices de colorear, un cielo inundado de aves de muchos colores que se entrelazaban alegres y contentas; y más alto aún; miró volar majestuosamente a un Aguila que se posó certera en la cumbre de una montaña, de esa montaña, bajaba un cristalino y manso río.
Río bordado por amarillos araguaneyes y morados apamates y unos frondosos mangales y mamones hasta no más.

     El agua del río parecía cantar una canción de cuna, mientras los peces saltaban alegres y audaces por encima de la superficie.

     El río extendiase sutil irrigando el campo de trigales, donde jugaban inocentes los conejos entre las flores de rojos tulipanes.

     Más allá las vacas reposaban entre los pastizales y las mariposas parecían mensajeras amarillas, portadoras siempre de las buenas nuevas, hablaban los sapos de la laguna, blasfemando del collar de flores que parecía la culebra en el cuello del gran sauce.

     El niño quedose asombrado de todo aquello, pero su rebelde orgullo, le hizo comentar:

_Gran cosa, que me importa, total a ellos no les importo yo, ni se han preocupado de mi presencia y algunos pican como éste...

     El niño con un movimiento certero aplastó cruelmente con su mano una abejita que osaba posarse en una cercana rosa.

     El murmullo del río cesó de pronto y el volar de las aves se hizo inarmónico, la brisa dejo de soplar.

     A todas éstas, el padre reaccionó melancólico ante la actitud cruel de su hijo, optó  por volver de inmediato a la ciudad, no sin antes reprenderlo. Entre triste y enojado, se alejaron del liviano aire y del verde monte.

     Llegaron entonces a la inquieta ciudad de humo y cemento, y una vez en su aposento, después de una suculenta cena y refrescante bebida de frutas, se entraron al goce del sueño.

     El padre con lágrimas en los ojos, el niño con una ponzoña en su mano.

     El uno, pensando en lo vano de los años, el otro en lo irreparable de su engaño. Dormidos profundamente , ambos soñaron:

     El padre imaginase muy pequeño, y más aún a su hijo, y  soñó que una gigantesca abeja, más grande que una ballena, trituraba una y otra vez a su hijo, una y otra vez durante toda la noche, a cada instante y a cada palpitar de su anciano corazón.

     El hijo en cambio soñó que durmió toda la noche plácidamente y al despertar en la mañana, dirijiose a la cocina a desayunar ahí encontró a su padre triste, anémico, muy delgado y tembloroso, sentado en una mugrienta mesa de madera.

     El niño se asombró de aquella imagen, y confundido tomó el pedazo de pan duro que tenía en la mano su padre, y preguntó:

_¿ Por qué, comes este mugriento y agrio pan?

_Es lo único que tenemos - dijo el padre.

_Pero todo lo que teníamos ¿ dónde está?  -- llorando-- pero, ¿ qué está pasando, si ayer todo estaba bien, si hasta fuimos a ese monte?.

_ Tú aunque no lo creas, has destruido toda nuestra vida y nuestra conciencia, tú eres el culpable de este dolor y tan culpable soy yo por no enseñarte a tiempo el valor de una vida, por sencilla e insignificante que parezca; vamos al campo y te enseñaré donde y en qué manos empieza el hambre.  

      Tras la pesadumbre de esa soñada situación y al notar la ausencia de su conejo Motica, se dirigieron al campo.

     Pero al transcurrir el viaje; donde solía estar el campo, sólo encontraron un inmenso y marchito estero, con un agobiante e inclemente sol.

     La agrietada y árida tierra parecía un océano donde flotaban los esqueletos de las vacas, como sarcásticos adornos de un pastel para un demonio. La montaña parecía, sin exageración, la misma calva de un viejo buitre, el cauce seco del río simulaba una vieja cicatriz de una herida de guerra que mutiló la tierra...

     El viento silbaba quejumbroso levantando nubes de polvo que opacaban el azul distante del cielo, el aire tan pesado estaba, que tenían que abrir la boca para respirar, no había un alma viva, sólo un mezquino eco que repetía acusador tú, tú,tuuuuu. Sin importarle lo que los presentes hablaban.

     Las lágrimas de ambos era la única señal de humedad que se percibía en la inmensidad de aquel paupérrimo paisaje.

     De pronto, como un espejismo espectral se pobló de fantasmas el aire.

_ Mira padre ¿Qué es esa inmensa mancha blanca que aletea vigorosa e inquieta en busca de un lugar que no existe, para posarse majestuosa en un trono de roca y gobernar la montaña?

_Es el Aguila , perdón era el Aguila. Ahora es tan sólo un fantasma.
De pronto el niño se acercó cauteloso al  fantasma del águila y preguntó triste y curioso:

_¿Acaso estás muerta ?Qué te pasó?, a ti que eras tan fuerte e inalcanzable ,¿quién te hizo daño?.

_!Oh niño de peligrosa ingenuidad¡. ¿ Acaso no escuchas al eco? __y se alejó diciendo:__
Tú, tú me mataste de hambre, tú, tú ,tú........

_Yo, ¿pero qué hice yo?, yo no podría matar un águila,  tan solo soy un niño.

     En medio de esa reflexión lo interrumpió el fantasma de la lechuza.

_Niño, el águila murió, porque la comida de ella ,soy yo y estoy muerta gracias ti.
    
     El niño aun no salía de su asombro, cuando la interrumpió el fantasma de la culebra, que simulaba enrollarse en un sauce que alguna vez existió.

_Niño, yo tengo en mí un poder para quitar la vida, sin embargo , solo lo hago para poder comer y defenderme del que me acosa como tú., que sin ni siquiera conocerme, acabaste con mi vida y la de la lechuza , que se alimentaba de mí. ¿por qué lo hiciste? ¿ acaso no puedes estar en paz si no matas? ¿No podías ser pacifico? como el habitante de la laguna que vivía feliz cantando , esperándome para ser mi comida.

_¿Cuál habitante de la laguna?

_Croac, croac... –saltó el fantasma el sapo-- ¿ quién eres tú niño ?¿acaso vienes a burlarte de mi, después que me dejasteis sin alimento y morí?

El niño ya no cabría en el llanto.

_ Papá  pero yo solo maté una abejita y me picó , aun tengo la ponzoña en la mano.

Al momento, sutilmente una voz se escuchó en las praderas de huesos y fantasmas.

_Niño ¿ de qué vale el llanto ahora.?

_¡Quién eres tú ?

_Soy el fantasma de una flor y puedo sacarte de tu duda.

_Tú me vas a decir porque todos me acusan.

_Esa pequeña abejita, que aplastaste cruelmente con tu mano, era la comida del sapo y al tú matarla éste falleció de hambre y a su vez la culebra, que come sapo y la lechuza, que come culebra y al águila, que come lechuza. Esa misma abejita se posaba en mi para extraer el néctar de donde ella laboriosamente lo convertía en miel, esa miel que tanto disfrutas tú al comerla con pan. Ella a su vez se posaba en mi y llevaba el polen en sus patas, y lo esparcía por el campo donde nacían los arboles que acaudalaban las lluvias y dejaban correr alegremente por la falda de la montaña, hasta convertirse en ese río donde hay tantos peces. Ese río que riega el campo donde nacen los verdes pastizales , que comen las vacas ;vacas que dan leche y carne, ese río, riega los trigales con que hacen el pan y allí también nace la zanahoria que le e das a tu conejito moticas. ¿Entonces niño ,vez lo grande que es una pequeña abejita?

     El niño entendió claramente cuanto le dijeron los fantasmas de los animales y la flor; y despertó súbito del sueño. Corrió por la casa y en el camino encontró a moticas y lo trató con mucho cariño y llegando a donde dormía su padre le dijo:

_!Papá¡ !papá¡ , ¿ Tú  sabes cuál es EL ANIMAL MAS GRANDE DEL MUNDO?

_Creo que se cual es , pues soñé algo..

_No papá , es tan grande, tan grande, que es la madre de las águilas y las vacas, llora ríos con todo y peces, es la humilde reina del campo, la mas trabajadora y puedes guardarla en una caja de fósforos.

     El padre no le entendió pero aplaudió alegre el entusiasmo del niño, y desde entonces visitan el campo con frecuencia y respiran el liviano aire, corren por las praderas de coloridas flores, escuchando los pájaros y metiendo los pies en río salpicándole el agua mientras prueban un banquete de la  dulce que le ofrece la reina del campo, el animal mas grande del mundo y puede posarse sobre una flor sin hacerle daño.

!Ah¡ y moticas tuvo ocho conejitos.

FIN


EL  TESORO DE LOS TOMUZAS

     Araguaychu; --el que vigila-- creció en el valle del centro, entre las carotas del Guaire, su tribu era la de los Tomuzas, para entonces muy reducida por los enfrentamientos que hubo de tener con los Guananís, que llegaban a la costa con fines de conquista.

     Los TOMUZAS no eran esencialmente guerreros y por ello siempre sacaban la peor parte. Araguaychú y su gente fueron echados de esas tierras y se enrumbaron hacia   donde sopla el viento (Barlovento) en busca de la paz en las tierras que sus ancestros dejaron siglos atrás.

     En ese trayecto fueron hostigados por los Mariches y el joven y temible  Tamanaco, hasta que dejaron la tierra del que mira siempre adelante (Petare) para adentrarse en las praderas caribes (Guarenas), habitadas por los Quiriquires que arremetieron contra ellos hasta expulsarlos más allá, a su valle de origen, ubicado entre dos mansos ríos al pie del Guaraira Repano, Araguaychú no entendía porque todos le agredían. ¿Sería porque eran pocos? o ¿por qué su piel era más clara y bronceada que la de los Caribes? o
¿por su cabello entomuzado y rojizo?,  Se preguntaba Araguaychú.

     Los Tomuzas se reinstalaron en el valle al pié de las montañas, allí se erigieron como una tribu estable y fueron llamados los hombres rojos, como la tierra de su valle (los Guatirís. Araguaychú se había convertido en un poderoso cacique y de sus tres mujeres había nacido un sólo hijo. Llamado Pacairigua (El caminante del río).
Años más tarde, Araguaychú murió y Pacairigua tomó su lugar como Cacique. Para entonces empezaban a llegar al valle extraños hombres de sal (blancos) con lanzas de fuego. Pacairigua resistió a los maltratos de esta nueva tribu invasora, pero los muertos fueron muchos y las mujeres y niños fueron esclavizados y vendidos como esclavos. Fue entonces cuando el joven Cacique decidió abandonar nuevamente el valle con el resto de su gente; pero esta vez rumbo al norte, montaña adentro, donde el hombre de sal tardaría en llegar.

     Los Tomuzas fueron supervivientes de muchos ataques de los Caribes y de los conquistadores españoles y esto, a la postre, acabó con su raza. Pero el misterio histórico de su existencia radica esencialmente en su origen. Si los Tomuzas fueron atacados por los Caribes de la costa y oriente, además, por los Guananís y Guaiqueríes, ¿cuál fue realmente su origen? ¿Acaso siempre estuvieron?
¿Serán acaso los verdaderos aborígenes de esta tierra? ¿Son producto de una mutación racial escandinavos o tártaros mezclados con
     Caribes o, más allá, restos de una civilización de extraterrestres rezagados en el tiempo?.

     Quién sabe; Quizás el hombre rojo como la tierra de su valle fue el escogido por Dios para hacerlo de arcilla. Siempre serán un misterio, a menos que un día, después de tanto tiempo, descubramos el gran cementerio de Los Tomuzas. En una carta que nunca llegó a España por los problemas de la Guerra de Independencia, relatada por un monje, pionero en la evangelización de los indios de la colonia, una leyenda que le contó una anciana caribe que a su vez lo había escuchado por un extraño de la tierra roja.

     Cuenta la leyenda de un cementerio sagrado entre el valle y la montaña, la cueva que brilla por la piedra del sol, donde descansa el gran espíritu Araguaychú, guardián de las almas de sus ancestros. Se piensa que los monjes nunca tuvieron tiempo de verificar esta leyenda y que con la extinción de los Tomusas se fue el secreto de su ubicación y quien sabe si en uno de esos tantos terremotos se selló la entrada de la cueva.

     Quizás algún día, después de un pequeño sismo, se abra de nuevo la cueva dorada,   sagrado templo de Araguaychú, y se conozca ante el mundo hispano la verdad sobre la utópica Leyenda del Dorado, de oro y de cultura.

     Y los Tomuzas, los Guatirís, serán reconocidos como el aborigen autóctono de América, porque pueblos como éste, están destinados a grandes designios.

     Y los españoles dirán: “Ostia, ¡qué cerca estuvimos!”.

FIN


YO CONOCÍ A MARÍA IGNACIA

     Con ella me encontré en la parranda, era a mediados del siglo XVIII cuando las prósperas haciendas guatireñas se engalanaban con el verdor perpetuo de los tablones de caña. Donde nosotros, los esclavos, trabajábamos catorce horas diarias con esa apacible armonía de nuestros cantos, con la faena y con la tierra. La hacienda “ El Rincón” fue testigo del inicio de la leyenda.

     Lo cierto es que María Ignacia se encontraba desesperada ante la “ calentura” que afectaba a Rosa Ignacia, su hija menor  y única hembra, y ante la impotencia del curandero que la trataba, no había otro camino sino apelar a una imagen que desde hacía años tenía en su barraca: una imagen de San Pedro. Fue entonces cuando le rogó al santo que curara a su hija y siguiendo la costumbre había que pagar la gracia. María Ignacia prometió hacerlo con lo único que tenía y sabías hacer muy bien: bailar y cantar. Ah como bailaba esa negra.

     Mucho rezó María Ignacia y el milagro se dio. Tan grande fue su alegría que salió corriendo a los tablones para buscar a su marido, el negro Domitilo, quien vio la luz de un nuevo milagroso Dios en los negros ojos saltones de María Ignacia. Entre los dos fijaron la fecha para comenzar a pagar la promesa: 29 de junio, día de San Pedro . Todo esto se vio favorecido porque el dueño de la hacienda era muy devoto del primero de los apóstoles y que el cura de la iglesia convenció al dueño de la hacienda para que concediera el permiso a la agraciada familia para poder pagar la promesa que había hecho.

     El cura siempre veía en estas manifestaciones de fe la oportunidad para apaciguar el odio de algunos de nosotros, los negros, y así  acercarnos más al Dios de la Biblia. Por ello las autoridades eclesiásticas accedieron rápidamente las peticiones de Domitilo y María Ignacia de bailarle y cantarle a San Pedro después de la misa del 29 de junio. Durante dos años continuos María Ignacia cumplió con la promesa, a la que se unieron sus familiares y otros negros quienes se regocijaban de que San Pedro hubiese puesto los ojos en ellos, aun yo no estaba tan convencido, la raza maltratada por los blancos pero que también recibía milagros de los santos. Pero un mal parto puso fin a la existencia de la negra María Ignacia.

     Llegó el 29 de junio y no estaría María Ignacia para pagar la promesa. Los demás parranderos estaban decididos a continuar la parranda, pero sabían que faltaba algo. Era María Ignacia, siempre tan alegre y dicharachera. Como bailaba esa negra, Estábamos todos al pie de la colina de El Calvario dispuestos a comenzar la parranda cuando de pronto un niño grita: ¡Hay viene María Ignacia!. Todos quedamos estupefactos. Era Domitilo quien había tomado el lugar de su finada mujer. Venía vestido con las mismas ropas de María Ignacia y cargando a Rosa Ignacia. También venía con sus dos hijos varones, de 10 y 9 años respectivamente. Convenció a los músicos que la parranda debía continuar, que así lo hubiese querido María Ignacia. Pasada la sorpresa, y luego de los chistes sobre la indumentaria de Domitilo, la parranda dio comienzo y así ha continuado en los últimos doscientos cincuenta años.

     El cura estuvo a punto de detener lo que consideraba una blasfemia. Un hombre vestido de mujer a mediados del siglo XVIII era más que intolerable y mucho menos si era para agradecerle a un santo un favor concedido. Las lágrimas de Domitilo y el rostro triste de sus dos hijos. La mirada de Rosa Ignacia le hicieron comprender que esa sí era una verdadera promesa. La gente se acercó con rapidez. Unos por curiosidad, otros por solidaridad... Nace así la Parranda de San Pedro.

     Un hecho curioso es que todos los que han representado a María Ignacia en estos los que han representado a María Ignacia en estos dos siglos nunca han sonreído mientras se desarrolla la parranda. Tal vez por respeto a Domitilo, un hombre valiente. Al año siguiente la gente esperaba ansiosa la parranda. La hacienda “El Rincón “ ya era conocida como la hacienda más alegre, Cuestión que el dueño aprovechó para regalarle a los negros una imagen de San Pedro con la que no contaban.

     A la muerte de Domitilo fue su hijo mayor quien tomó su lugar como María Ignacia. Si sacamos cuenta, suponiendo que Domitilo comenzó a ser María Ignacia a los 30 años y que murió a los 60, luego su hijo mayor por igual período; tenemos que dicha familia pagó la promesa durante 60 años, que es suficiente para que la parranda calara hondamente en el sentir e idiosincrasia de los negros. Ya era prácticamente imposible que la parranda no se perpetuara.

     A la parranda se le fueron agregando nuevos elementos. Ya para mediados del siglo pasado y como una manera de darle más relevancia a los músicos, algunos negros de “dentro” (mayordomos) lograron conseguir algunas levitas. Así mismo, como estaba prohibido usar tambores en la parranda (por ser el pago de una promesa y no una fiesta), los negros optaron por amarrarse chapaletas de cuero en las alpargatas para obtener así un instrumento de percusión.

     Los sombreros de copa son de origen inglés y estuvieron muy de moda en los años setenta del siglo XIX. Con los años estos sombreros viejos fueron a parar a manos de los parranderos.

     Ya yo estoy envejeciendo, ya son casi trescientos años de promesero, he muerto ya cinco veces, una vez fui celestino, otra vez justo Pico y más reciente me llamé Felipe, este año me llamarán Rojita, pero yo seguiré bailando y todos los años en plena parranda, cuando la sangre esté caliente, alzaré mi mirada al cielo y le diré a San Pedro, Ah Como Bailaba esa Negra...

FIN

 
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