Cuenta una vieja leyenda oriental que un Rey, a quien los adivinos de la corte le pronosticaron que "su primogénito, el príncipe heredero, sería muerto por un escorpión al arribar a su duodécimo cumpleaños", se sintió de tal manera consternado y dispuesto a no aceptar el designio, que mandó a construir una habitación provista de todo lo necesario para que su hijo recién nacido viviera al resguardo de la alimaña.
A fin de evitar la muerte que a los 12 años auguraba la nefasta profecía, ordenó a sus súbditos que exterminaran a todo bicho que pudiera parecerse a un escorpión a 100 leguas a la redonda, partiendo desde Palacio.
El tiempo pasaba y el Príncipe crecía mimado pero solitario en su jaula de oro, a la par que se acercaba la fatídica fecha.
Mientras, desde las ventanas de su habitación, cada tarde el Rey contemplaba el ocaso y se preguntaba: "¿y si los adivinos se equivocaron?"... y esperanzado, los consultó de nuevo, pero éstos, sin inmutarse respondieron que "su primogénito, el príncipe heredero, sería muerto por un escorpión al arribar a su duodécimo cumpleaños".
La tristeza del Rey no tuvo límites y ya no podía ocultarla. Su hijo al verlo le preguntó el porqué de su aflicción, pero el Rey, guardando prudente silencio, esquivaba las preguntas del amado hijo, y por sobre ellos el tiempo continuaba su marcha inexorable.
Así llegó el día del cumpleaños del pequeño Príncipe. El Rey dudaba entre reír o llorar de emoción, pues ese día terminaría su tormento, y él estaba seguro de que en los confines de su reino no había un solo escorpión que pudiera ese día amenazar la vida de su hijo, pero aún así, consultó una vez más a los adivinos, quienes lacónicamente le contestaron que "su primogénito, el príncipe heredero, sería muerto por un escorpión al arribar a su duodécimo cumpleaños".
Esa noche la insistencia del Príncipe fue mayor, y el Rey, viéndose acosado por las interrogantes del hijo: "padre, nunca has querido decirme por qué he vivido encerrado en esta habitación, sin dejarme salir a tus jardines con los demás niños de la corte; y cuando te veo triste y te pregunto, sólo me abrazas y sollozas", comprendió que era la hora de hacerle saber la verdad, así que tomó al heredero de la mano y, sentándose junto a él, empezó a develar el terrible secreto.
Pausadamente salían las palabras de los labios del Rey mientras el principito permanecía atónito ante lo que su padre le estaba revelando. Terminado el relato, el infante, que nunca había visto, que ni siquiera podía imaginar qué cosa era un escorpión, pidió a su padre que le mostrara la terrorífica y mortal figura de su desconocido enemigo.
El buen Rey, que nunca se negaba a complacer los deseos del primogénito -y menos ahora que la pesadilla parecía llegar a su fin-, tomó una hoja de papel y comenzó a trazar la negra y siniestra forma de un escorpión, tan perfecto en sus detalles que parecía que de un momento a otro iba a saltar desde la blancura del papel.
La mano del monarca iba a dibujar el último trazo, perfilando el aguijón, cuando un grito ahogado lo paralizó y el cuerpecito del príncipe cayó en su regazo... sin vida. En la palidez de su rostro se quedó el miedo infinito ante lo desconocido.
El Rey mandó a colgar a los adivinos en las torres más altas del Palacio.
¿Cuántas veces por querer proteger a los que amamos, sin querer les hacemos daño? ¿Cuántas veces por esa permanente búsqueda de conocimientos sin previa preparación nos abruma y nos hiere lo que descubrimos? Sin embargo, jamás podríamos plantearnos vivir en la ignorancia.
Ésta y muchas otras reflexiones podríamos extraer del anterior relato, pero hay una sobre la que tenemos que hacer énfasis, sobre todo en esta época de confusión: qué fácil es colgar de la torre más alta y hacer responsables de nuestros errores a quienes intentan poner luz en los caminos