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Guarenas y Guatire en la urdimbre urbana
De cuando sustituimos la plaza por el centro comercial
Marlon Zambrano
 
Artículo.-

     Entender lo que vive esta conurbación periférica que alguna vez fue un pueblo -y en cierta manera aún lo es-, forma parte de nuestros tormentos desde hace algún tiempo. Guardando las distancias, vemos al eje Guarenas-Guatire con la pasión con que Carlos Monsiváis observa a su amada Ciudad de México, ese espacio donde día a día se teje la locura citadina mientras se deshila la virtud, en el ejercicio de avanzar para retroceder como en la metáfora de Penélope hilvanando cual mortaja la ilusión del regreso de su amado Odiseo allende los mares.

     Hemos visto a estas tierras en la espera de días mejores, crujiendo en las tardes de sol entre los zaguanes que rápidamente desaparecieron para dejar espacio a inmensas columnas de concreto que le han venido dando un rostro agreste entre el sopor de los días. Donde hubo sembradíos de caña dulce ahora se siembran la cabilla y el acero, y mientras atravesamos de nuevo sus zigzagueantes callejuelas o sus escasas aceras libres, no vemos ya rostros conocidos y casi nadie se detiene en una esquina a recordar con otro los dulcitos de las Porto, ni las tardes de retreta al compás de las miradas esquivas de los muchachos enamorados.

“El Paraíso en que moramos”

    
Hoy son urbanizaciones de trazado inexplicable las que apresan el paisaje, con nombres de ciudades europeas, y desde allí prorrumpen en tropel apocalíptico, desde las 4 de la madrugada, miles de ciudadanos que hacen recordar el éxodo bíblico pero esta vez no a la tierra prometida ni en compañía de Dios, al menos no necesariamente, sino hacia destinos menos ilustres aunque no por ello menos inexcusables como Caracas y su sinfín de oficinas, vitales para sostener la permanencia de estas ciudades satélites de la capital, que viven por ella y para ella, desarraigando la esperanza de que alguna vez vivamos para éste, el territorio que habitamos, “el Paraíso en que moramos” diría el poeta. 

“la plaza es mía, sólo mía” 

    
Y cada vez somos más, y entre la multitud el anonimato parece hacernos libres, pero el consumo nos esclaviza, nuevamente, y el supuesto contraste entre el alma del pueblo y su “desalmada” periferia urbana, encuentra en el centro comercial su módulo de ensayo con exacta previsión, su punto medio. El “CC”, para llamarlo con abreviada confianza, es ya el único punto de encuentro posible, el territorio que reedita la ciudad, la hace comprensible, manejable, asible, mientras las calles se asolan entre espasmos de calor y el griterío buhoneril, y todos huyen hacia los confines de la multitud, el “Buenaventura”, “el Castillejo”, el “Vistaplace”, y la plaza, triste y abatida, encuentra quizás un toldo festivo para alguna condecoración onomástica organizada por la Alcaldía, pero no es más que retazos de lo que alguna vez fue: punto de partida de las revoluciones, sitio de encuentro para el primer beso y la primera ilusión, espacio público del debate apasionado, cuadrilátero del chisme y el corrillo, donde se subvertía el orden y se alzaban las proclamas, donde se daba la vida y se dejaba un orgasmo en noches lujuriosas, donde hablaron los poetas y se acariciaron las musas, se afinó un compás y se detuvo la noche tras el grito desgarrado del loco del pueblo que dijo, como en Cinema Paradiso, “la plaza es mía, sólo mía”.   

 
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