Desde la verde selva, allá en las serranías a cuyas faldas se extiende majestuoso el Valle de Pacairigua, los rumores se esparcen cual las sombras sobre un tejido verso que es un canto. En un marco ribereño, pletórico de trinos y cundido de flores, una leyenda marcha a través del tiempo y camina presurosa en sus encantos: La Churca: ¡Cuánto esconden sus profundas aguas!.
En la cima, en lo alto de la montaña, en la ribera del Pacairigua, que así se llama el río, hubo una vez “hace mucho tiempo” un ranchito de paja y bahareque habitado por dos personas. Una era anciana, de pelo lacio, de cabellera blanca, que casi no podía ver: era una campesina de pupilas yertas. La otra, su nieta, una infanta con rótulo de estrella. Era una niña blanca, de larga cabellera, inquieta y graciosa; continuamente se acercaba a las orillas del cantarino río que surcaba presuroso a través de peñascos inmensos. El río vertía sus rumorosas aguas desde la serranía hasta el pié de monte y el valle de Pacairigua. Cada día la joven se miraba la cara en las aguas transparentes del riachuelo y luego sumergía su desnudo cuerpo en las cristalinas aguas. Recogía las frutas del camino y alguna vez llevó el producto de su empírica pesca hasta la casa.
SE OYE UN RUMOR CANTARINO
Un mes, un octubre, trajo un viento huracanado y lleno, tal vez, de un sensualismo puro y tierno, y se llevó a la infanta en medio de aquella nube tormentosa. La anciana se quedó en la oscuridad, con sus velas encendidas y moviendo las cuentas del rosario. Huyó la nieta, huyó su compañera. La anciana lloraba y lloraba, el río enfurecido se fue hacia el despeñadero. Furioso, salvaje, saltó con desmedida pasión, abrió las picas y se precipitó en cascada. Abajo, un pozo profundo, entre las lajas, de hermoso contorno, apareció de pronto. La Churca, que así la llamaban, vendedora de baratijas, de cuentos y corotos viejos empezó a regar la singular leyenda y el pozo con el tiempo acarició su identidad. ¡La Churca trajo el cuento! Y un eco fue esparciendo por el valle su cantar.
Dicen los viajeros que allí en sus aguas, por las noches, se dibuja una hermosa joven de deliciosa figura, que se pasea y se recrea en el pozo profundo, y que, desde lejos, se oye un rumor cantarino que anuncia su eterna presencia.
Comentan los habitantes de este pueblo que quien visita la serranía en el mes de octubre es víctima de extraña hechicería. Y si se baña en el río y se sumerge en la poza, se aquerencia a la tierra, se apega a estos valles del Pacairigua y del Guatire y se enamora de la dulce corriente que baja hasta el pié de monte.
.Y así, de Octubre, dice un comentario:
que quien visita aquella serranía
en cierta noche de su calendario,
es víctima de extraña hechicería
Y en su éxtasis de sueño visionario
ve y escucha el espectro de aquel día
con sus ayes de angustia -ánima en pena-,
que de flores arrastra una cadena...